jueves, 14 de enero de 2016

El matrimonio Arnolfini de Jan Van Eyck.

Estamos en el siglo XV. Europa se construye sobre tres pilares geopolíticos que cada vez adquieren más fortaleza: Inglaterra, Francia y España. En las grandes ciudades la burguesía va ocupando la relevancia que solo puede dar el dinero frente a la nobleza de sangre.
Alrededor de las agujas y campaniles de la grandes catedrales se concitan las manos de los grandes artistas, llamados por estos nuevos ricos que quieren barnizar su poder pecuniario con el mecenazgo de las grandes obras culturales.
En los Países Bajos los llamados primitivos flamencos , cuya tradición estética se ha ido fraguando a lo largo del románico y el gótico, están llevando a cabo un estilo pictórico que, teniendo sus raíces en la factura de las miniaturas, logra unas obras llenas de luminosidad gracias a la implantación y mejora de la utilización del óleo.
La pintura al óleo, erróneamente atribuída su invención a Jan van Eyck, alcanza con éste y con su hermano Hubertus altas cotas.  Aunque ya se conocía y había sido utilizada anteriormente, era la técnica al temple, de secado rápido, la que prevalecía, a pesar que daba un aspecto mucho más mate a las pinturas y colores más apagados. El óleo, en cambio, será capaz de aumentar la luminosidad de los pigmentos, manejar las correcciones mejor dado su mayor tiempo de secado y, gracias a la posibilidad de una mayor ilumninación, trabajar las veladuras, lo que ayudará a mejorar la perspectiva.
Porque para los pintores del norte, entre ellos Jan van Eyck, la búsqueda de la profundidad y la tercera dimensión en las pinturas también fue un objetivo. Pero, al contrario que sus colegas italianos, esta indagación se basaba más en el empirismo que en la investigación.
Asímismo, el naturalismo del que gozan las creaciones flamencas en las que es raro que no haya una ventana que se abra hacia el exterior, no parte de una síntesis, como lo haría, por ejemplo Masaccio, acercándose lo más posible a una realidad, sino del análisis de los objetos y detalles.
Todas esta características anteriormente citadas podemos encontrarlas en la obra que comentamos: El matrimonio Arnolfini. Está considerados como uno de los mejores cuadros de Jan Van Eyck. En la actualidad se encuentra en la National Gallery de Londres, a la que llegó en 1842, después de haber desaparecido misteriosamente del palacio Real de Madrid. Es un óleo sobre tabla, de un tamaño pequeño (82 x 60 cm).
Cuando observamos el  cuadro se nos presentan tres  planos diferentes. El primero como retrato de dos miembros importantes de la sociedad de la época: Giacomo y Giovanna Arnolfini, ricos comerciantes italianos asentados en la ciudad de Brujas.
En segundo lugar se nos muestra como representación posible del testimonio de una boda, tesis defendida durante mucho tiempo por los historiadores gracias al ensayo de Panovsky, con todo el simbolismo de las obligaciones que entrañaba el matrimonio en el siglo XV.  Naranjas representando la lujuria, luces como símbolo de la divinidad, rosarios como representación de la pureza, los pies descalzos como símbolo de fertilidad.
Tercero y último: como un misterio, como exorcismo ante una posible "maldición" de infertilidad pues, a pesar de que Giovanna aparece en estado de gestación, se sabe que el matrimonio no tuvo hijos. Dicha maldición provendría del persistente adulterio de Giacomo.
Desde el punto de compositivo reproduce una alcoba, llena de objetos representados con una gran naturalidad y observación del detalle. La vista del espectador es atraída por el objeto que se encuentra en el centro de la tabla: un espejo, que refleja toda la habitación: el mobiliario, el matrimonio, dos personas que el espectador no ve y un ventanal en el que se ve la ciudad de Brujas.
La esmerada técnica de miniaturista de Jan Van Eyck se puede observar en este objeto, que mide solo 5 cm, y que está rodeado de diez escenas de la pasión, que miden apenas 1,5 cm.  Este espejo ha sido determinado por algunos historiadores, entre ellos Graug Harbison ("but there's the key", llegó a decir), como el centro de gravedad de la obra, como la llave del secreto de este cuadro. Junto a él la firma del pintor: "Johannes Van Eyk fuit hic".
El misterio de qué significado real tiene este cuadro todavía no se ha resuelto en la actualidad. Tal vez debamos quedarnos con lo más simple: una demostración del poderío de Giacomo Arnolfini, un comerciante del siglo XV hecho a sí mismo... ¿O no?


EN EL ESPEJO ESTÁ LA CLAVE (RELATO)

 ¿La clave? ¿Es que este cuadro guarda un misterio? Si es así, ¿qué nos quieren decir esos objetos diseminados en el lienzo?
 
Tal vez no sean los objetos sino los personajes, a través de sus miradas, de sus gestos, que nos hablan con un lenguaje mudo, que nos quieren comunicar que algo está pasando más allá de lo que nuestra mirada comprende.

¡El espejo! Seguramente ahí esté la clave. 

Los espejos son puertas a otro mundo, los espejos retienen el alma de quien se mira en ellos.Este es cóncavo, como si en su forma quisiera abarcar más, atraer más. Un falso agujero negro brillante, cuyo reflejo nos presenta a quienes no podemos ver. Pero, ¿es la realidad? Son personajes que testifican lo que allí ocurren o son, tal vez almas que se asoman para contemplar una escena que tampoco existe. Atrapados en el tiempo y en el espacio, preguntan constantemente al espectador cuál es el secreto que esconde este cuadro. 

Junto a ese espejo, trazado en elegantes líneas, un único mensaje, de aquel que sí supo la clave de ese enigma, pero que prefirió dejar la resolución a la imaginación de otros ojos.
 
“Johannes Van Eyck estuvo aquí”.


 

(Comentario y relato Elena Muñoz)

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