jueves, 7 de junio de 2018

LEER UN CUADRO: Niños comiendo uvas y melón, de Bartolomé Esteban Murillo.


 Óleo sobre lino. Alte Pinakothek, Múnich, Alemania.

Para cualquier divulgador cultural las conmemoraciones suponen la mejor excusa para volver a traer a la actualidad a los protagonistas de la Historia y del Arte.

Hace cuatrocientos años, con el inicio de 1618 un niño fue bautizado en la  ciudad de Sevilla con el nombre de Bartolomé, de apellidos Esteban y Pérez, al que el mundo conocería como Murillo, uno de los pintores más virtuosos del Barroco español, estilo que ha dado grandes nombres a los lienzos hispanos. Sus tres esuelas más importantes: la valenciana, la sevillana y la madrileña han puesto firmas a las obras con nombres tan relevantes como Ribera, Ribalta, Zurbarán, Claudio Coello y, como no, Velázquez.

A pesar de que Murillo es conocido sobre todo por sus "Inmaculadas", cuya iconografía ha quedado impresa en la retina de todos al pensar en esa advocación mariana, no son sus cuadros religiosos lo que acapara nuestra intención en este análisis, siendo como son magníficos. Esa temática, común a todos los pintores, responde sobre todo a la corriente impulsada por la Contrarreforma de propagar la vida de Cristo, de su madre y de los santos, para contrapesar la herejía de lutero. Incluso la forma de interpretar los personajes, mucho más cercanos a la fisonomía de una persona de a pie, intentaba hacer más cercana la fe.

No, lo que hoy traemos  como ejemplo, el cuadro de Niños comiendo uvas y melón pertenece a lo que se denomina pintura de género o costumbrista, nacida sin duda de la observación de una sociedad, la española del siglo XVII, en la que la pobreza, la miseria y la enfermedad asolaba a las clases menos pudientes, y en la que se vislumbraba ya el ocaso del Imperio español. Pero también la literatura es fuente de esta temática. Sabemos que Murillo conoció la novela picaresca, y que le despertó de alguna manera la conciencia.

Pero, curiosamente, los cuadros de género del pintor sevillano no son dramáticos ni tristes. En ellos siempre se captan momentos felices, como en éste que comentamos , en el que dos muchachos, paupérrimos a tenor de sus ropas, comen con deleite piezas de fruta. La luz ilumina la escena a través de los blancos y el movimentos de los cuerpos se dinamizan por unas diagonales que encajan la perspectiva y la composición a la perfección.

Esta temática llevó la pintura de Murillo más allá de nuestras fronteras, pues fue del gusto de comerciantes del centro y norte de Europa, donde este género tenía gran predicamento, que llevaban a cabo sus negocios en Sevilla. Esta es una de las causas por la que la mayoría de este tipo de obras están en museos europeos.

Contra toda opinión, en su época, Murillo fue más famoso que Velázquez. Su libertad de pintar, al no estar sujeto a la Corte, su exclusividad en la factura de sus cuadros, porque no trabajaba series, hizo que la cotización de su obra subiera como la espuma., y le convirtieron en los pintores más notables.


QUIEN NO VIO SEVILLA NO VIO MARAVILLA


La luz, la luz, Sevilla es un faro luminiscente diurno en esa mañana . También es un enjambre de ruido de cascos de caballos, de gritos de  mercachifles , de ruedas de carros que arrastran  los fardos provenientes de los barcos del Guadalquivir. Al fondo la torre, del  Oro la llaman, tal vez porque refulge como ese metal cuando los rayos de Faetón inciden en ella.

Más gritos, esta vez de un frutero gordo y  abortargado, que intenta sin éxito alcanzar a dos pillastres que le han robado de su puesto ambulante un cesto con uvas y un melón. Los niños se mueven, a pesar de ir descalzos, con la velocidad de galgos y sortean los obstáculos con la pericia de quienes no es la primera vez que se ven en esas lides.

Corren hasta que apenas les queda resuello, alejándose lo más posible del lugar de su fechoría. Finalmente se desvían en un callejón, sucio de orines y desperdicios, pero que a los pequeños ladrones no parece incomodar.

Uno de ellos saca una navaja que limpia en su camisa, ya de por si sucia y ajada, y a tajos va partiendo el melón con el que seguidamente se deleita. Mientras el otro muchacho, mirando al cielo, como dando gracias, aunque sabe que su acción está más cercana al infierno, con sus menudos dientes separa cada grano de un racimo.

—Deja algo para madre— apunta a su hermano. Este asiente con la cabeza y los carrillos henchidos.

Tan absortos están en su tarea que no se percatan que alguien les mira. Es un hombre de elegante aspecto,  traje oscuro, rostro redondo y pequeño bigote bajo su nariz. Su mirada delata una mezcla de curiosidad y compasión. Entre su numerosa prole reconoce a alguno de la misma edad que esos pequeños pícaros. Esboza una sonrisa y se rasca la barbilla con sus dedos en los que perviven, entre las uñas, manchas de óleo. “Quien no vio Sevilla no vio maravilla”, piensa. Una ciudad con un cuadro en cada esquina…

Una voz femenina, a lo lejos, le saca de su ensimismamiento:

—Bartolomé, ¿vienes?
 
 (c) Artículo y relato Elena Muñoz. 2018



viernes, 1 de junio de 2018

El último Café literario

Ayer, coincidiendo con el último día de un mes de mayo cambiante, se celebro el último Café literario de Covibar,, por lo menos de momento.

Un espacio cultural creado en su momento por los escritores Fernando López Guisado y Elena Muñoz, y coordinado estos últimos tiempos por Manuel Hernández y la misma escritora, ha llevado durante siete años el sello de calidad a un lugar importante. Por él han pasado actores, músicos, literatos, se han hecho recitales, presentaciones, obras de microteatro, todo con el fin de promocionar la cultura de manera cercana, sin abandonar la excelencia.

Pero todo lo que empieza acaba, y después de más de sesenta y tres ediciones ayer fue la despedida.

O quizá solo un hasta luego...

miércoles, 11 de abril de 2018

Siempre es ahora cuando te pienso, de José Antonio Verdasco (Ediciones Ondina)

Género: poesía . Edición: Ediciones Ondina, marzo,2018. 65 páginas


AHORA Y SIEMPRE


No es fácil escribir un prólogo a un libro, nunca, y menos cuando se trata de un libro de poesía.
Entonces hay que iniciar un viaje casi de espeleólogo, o comenzar una operación de cirujano y abrirse paso, con un  tiento exquisito, entre los versos, para descubrir lo que cada poema nos dice, que a veces puede, o no, coincidir con lo que el poeta quiere significar.

En el caso del poemario que tienes entre tus manos, mi querido lector, el reto para esta editora ha sido grande. No porque haya la menor duda de  la calidad del mismo, sino porque nos presenta tanta cantidad de emociones que apenas deja aliento al comentario.
Siempre es ahora cuando te pienso, la primera obra poética de su autor, el extremeño José Antonio Verdasco, es un canto a la tragedia, al desamor, al lado oscuro y a veces oculto del ser humano, que sufre, se muere y resucita en la agonía de una madrugada.

La primera vez que tuve la oportunidad  de leer algunos de los versos que conforman este libro, sinceramente, me sentí conmovida. Estaban impregnados de esa belleza que nos puede atraer al asomarnos al abismo para contemplar en el fondo lo que hemos perdido, lo que ya no queremos, pero que, sin embargo nos sigue atrayendo, en una especie de fascinación infernal, que nos impide no seguir intentándolo una vez y otra, aunque nos sintamos perdidos e indefensos.

Muchos de los versos que van componiendo la poesía de José Antonio Verdasco son crudos, descarnados, casi sangrantes, pero no por ello exentos de delicadeza.  Contienen en su interior el germen de lo que pudo haber sido, de algo hermoso que no terminó de brotar; o de, por el contrario, de aquello que se marchitó y que compone un conjunto de flores secas de las que todavía podemos percibir su tenue aroma.

El poemario también es un viaje, un viaje duro, lleno de recovecos, de lugares oscuros, de un camino que en ocasiones se transforma en la vereda que tuvo que recorrer Orfeo en su bajada al Hades en busca de su amada esposa, o en aquel que el propio Dante holló para llegar a los nueve círculos infernales y encontrarse en el último con el propio Lucifer.

Todos los poetas, alguna vez, han de vivir su infierno, aunque sea habitando un desierto de besos calcinados, cenizas de un amor sacrificado en su propio altar de olvido. Altar en el que ha construido el poeta su poemario. Porque, aunque sea un libro que respira en muchos momentos dolor, no deja de ser un libro que en cada página desprende pasión, anhelo y esperanza, aunque esta última sea tan tenue como el hilo de plata que asoma por el horizonte un día de invierno.

Para José Antonio Verdasco el pensamiento y el sentimiento permanecen en ese ahora-siempre del título, porque el tiempo y el ser, esos dos titanes devorándose eternamente, no pueden dejar de conformar las dos caras de la moneda de su propia poesía.

Versos duros, pero también valientes. En este poemario el autor no duda, no solo en desnudarse emocionalmente, sino, también, en arrancarse la piel de su poesía para mostrar sus sentimientos sin tapujos, sinceros y netos, como ha de ser en un buen poema: Desangrándome, delirando/busco con frenesí/los abrasados días/del paraíso extinguido.

Termino con la misma reflexión con la que comencé este prólogo. Difícil escribir sobre la poesía ajena, difícil, porque la que tendría que hablar es el alma, que en ocasiones no encuentra la palabra, sino el escalofrío, la lágrima o la sonrisa. Espero haber estado a la altura de los poemas de Siempre es ahora cuando te pienso.

Lean y  disfruten: es la poesía en estado puro.

(Prólogo al libro (c) Elena Muñoz)


viernes, 6 de abril de 2018

LEER UN CUADRO: La muerte de Sardanápalo, de Eugene Delacroix

La mort de Sardanapalo. Óleo sobre lienzo. 1827. Museo del Louvre.


 


El cuadro que contemplamos pertenece al movimiento que en literatura y arte se ha denominado como Romanticismo, que nace como contraposición al racionalismo y espíritu crítico del Neoclásico. El movimiento romántico supone una renovación técnica y de ruptura de las rígidas leyes que los neoclásicos habían aplicado.

Surgen diferentes técnicas (óleo, acuarela, grabado, litografía, etc...). También se valoran las texturas, con pinceladas muy libres y rugosas. Se recupera la potencia del color en detrimento de la línea, liberándose las formas  y los límites definidos, lo que alcanzará su culmen en el Impresionismo. Las composiciones tienden a ser dinámicas, marcadas por la línea curva y la tensión dramática. Se innovan los temas, que se abren al exotismo, al misterio y al glorioso pasado medieval, con preminencia de Grecia y la Edad Media, así como lugares lejanos como el norte de África o la América salvaje, recuperando leyendas, monumentos, ruinas.  Se utilizan elementos fantásticos y los fenómenos atmosféricos. 

Respecto a su visión de la sociedad, el artista romántico defiende la libertad individual y la rebeldía.

En este contexto pinta Eugene Delacroix La muerte de Sardanápalo, obra que en su momento le costó las más duras críticas, y un lustro de ostracismo hasta que  La libertad guiando al pueblo, cuadro pintado con ocasión de la Revolución de 1830 le reconcilió social y comercialmente.

Porque este cuadro retrata un momento considerado como escandaloso. El pintor se inspiró en un poema de Lord Byron, del mismo título, y en una narración del historiador griego Diodoro de Sicilia:

"Para no caer preso del enemigo, hizo instalar en su palacio una gigantesca hoguera en la cuál puso su oro, su plata y todas sus posesiones de monarca; se encerró con sus mujeres y sus eunucos en un espacio habilitado en medio de la hoguera, dejándose así quemar con su gente y su palacio".

La mezcla de erotismo y muerte, que ha incluído esta pintura en el llamado romanticismo negro, busca desatar las pasiones más absolutas, en un marco en el que se mezclan vestimentas, cuentos y fábulas de Oriente. La composición es muy luminosa, con diagonales compositivas que dan movimiento, violencia y dramatismo: unas curvas exageradas, el rojo exacerbado, que transmiten gritos, relinchos de caballos, mientras que el rey, impertérrito contempla la escena antes de beber el veneno que un criado lleva en una bandeja. Delacroix le prestó sus rasgos a Sardanápalo, añadiendo la barba y el brazo musculoso, identificándose de esta manera con este héroe legendario para los románticos.



MEJOR MORIR QUE VIVIR CAUTIVO



Ni los gritos de piedad, ni los dolientes,

hacen al rey cruel arrepentirse,

refugiado en su lecho, sin cohibirse

prefiere la muerte a luchar valiente.



Rodeado de aquello que amó en vida,

sus esclavos, mujeres, sus caballos,

sus tesoros, sus arma, su serrayo,

entrega al fuego, aliado en su partida.



Sacrifica todo lo que es vivo,

que las llamas devoren los placeres,

no quede testigo en los enseres,

mejor morir que caer cautivo.



En su último día lo concibe,

 a sus pies su esclava favorita,

unida a él en triste cuita

Sardanápalo,  rey de Nínive.

Artículo y poema Elena Muñoz//2018