jueves, 6 de abril de 2017

Arte y literatura: Gustav Doré

En ocasiones, cuando hablamos de literatura nos olvidamos de un elemento que aporta un valor añadido a la edición de los libros. Nos estamos refiriendo a las ilustraciones. Desde la Edad Media han formado parte de las obras literarias, explicando, adornando las palabras.

La relación entre las artes plásticas y la literatura  es innegable. Ya sea como explicación de un texto literario a traves de una imagen, ilustrándolo o, simplemente, sirviendo de inspiración. También podemos encontrar la referencia iconográfica e iconológica de un cuadro a través de la literatura o que sirva de mera base para un poema, por ejemplo.La literatura y el arte forman parte de un sistema estético comparable y la Historia los ha llegado a equiparar respecto a estilos y tendencias.

Dicho esto, si ha habido un artista que aportara su propia visión a la interpretación de grandes obras de la literatura tenemos que referirnos a Gustav Doré y a sus famosos grabados.

Nacido en Estrasburgo ya con quince años llevo a cabo su primera obra: Los trabajos de Hércules a las que siguieron otras muchas que permanecen en el imaginario común: El Quijote, La Biblia, La Divina Comedia, Caperucita Roja..., etc.

Aunque los grabadores no eran considerados artistas todavía- la obra de arte debería ser única e irrepetible- la calidad del trabajo de Doré, así como el resto de su obra, nos sitúa ante un gran pintor y dibujante.

En sus grabados podemos encontrar influencia de otros grande artistas que utilizaron esa técnica, como es el caso de Goya, al que conoció en su viaje por España.

Doré no tiene límite como creador, abarcando todos lo géneros. Lo mismo que su influencia en artistas posteriores, llegando su huella hasta  el arte cinematográfico. Sus escenografías reflejadas en sus grabados han servido de inspiración a muchos cineastas, partiendo de Geoges Melies en su Viaje a la luna hasta Peter Jackson en El señor de los anillos o Harry Potter, pasando por Tim Burton y todas las representaciones del Londres de Dickens.

Su estilo es siempre respetuoso al tema que representa. No cabe duda, además, que Doré se convirtió en un gran divulgador literario tanto de la literatura clásica (Dante, Rabelais, Cervantes) como contemporánea a su tiempo (Honoré Balzac).

Sirva este mes del libro para recordarle.

sábado, 11 de marzo de 2017

La mujer: objeto y sujeto del Arte


 Mujer objeto y mujer sujeto de la obra de arte. Sobre este principio pivotó la tertulia que ocupó la sesión de marzo del ciclo Leer un cuadro.

Que la mujer ha sido objeto en la Historia del Arte es algo que no se puede poner en duda. A lo largo de los siglos ha protagonizado, de una manera u otra pinturas, esculturas, poesías, novelas que han trascendido los tiempos e , incluso, fijado arquetipos.


No sucede igual con el protagonismo que las artistas ha tenido si las comparamos con sus colegas masculinos. Los nombres femeninos que han existido, sin duda, han sido silenciados unas veces diractamente, otras, simplemente , suplantados por los de pintores de género masculino.Durante grandes periódos, hablamos del Renacimiento, del Barroco, Neoclásico y la pintura romántica del XIX las artistas que vieron su arte reconocido desde su propio ser de mujer fueron muy pocas: Artemisia Gentileschi, Sofonisba Anquisola, Angela Kauffman, entre otras.

El arte no es ajeno a la sociedad, eso es obvio, sino que está engarzada en ella como un elemento más que suma a la cultura colectiva una manera de percibir el mundo. Y si el problema de género es un problema inserto en esa sociedad que históricamente relegaba a la mujer, salvo excepciones, al mero papel de madre, esposa, religiosa o puta, no es de extrañar que tantos nombres hayan pasado desapercibidos durante siglos.

El siglo XX vino a paliar de alguna forma, con la llegada de las vanguardias, esta situción, pero no será hasta la década de los 60 del pasado siglo cuando los movimientos feministas entiendan que la visibilización de la mujer también en el campo del Arte era necesaria y primordial. Movimientos como el Guerrilla Girls pusieron el foco en la realidad: miles de obras de arte colgadas en los museos tienen como protagonista a la mujer, en muchos casos desnuda; muy pocos de esos museos tiene obras de artistas femeninos en sus paredes.

Sirva este mes de marzo dedicado a la mujer para reivindircar también su papel en la Historia del Arte. Sirva esta obra de la pintora y escultora ANAFRAN como símbolo de esta reivindicación.


El mundo

El mundo se dehace,
y nosotros...
Aquí,
mirando...

Anafran. Metamorfosis.










Artículo:  Elena Muñoz.

miércoles, 22 de febrero de 2017

La sombra del Tenorio es alargada con Chete Guzmán

Llega a Rivas Vaciamadrid, epicentro de su estreno en la Comunidad de Madrid, la función teatral de La sombra del Tenorio de José Luis Alonso de Santos, coincidente con el segundo centenario de José Zorrilla.


Una obra en cuatro escenas, ambientada en los años cincuenta y que nos cuenta la historia de un viejo cómico, Saturnino, que en las postrimerías de su vida, marcada por el personaje del criado de Don Juan, Ciutti, se prepara para interpretar en el más allá el papel de protagonista, el papel del Tenorio.

La obra es un monólogo de  una hora y cuarto de duración, sin descanso, dividido en cuatro escenas en el que se  mezclan anécdotas, episodios y sucedidos, ya sea en la realidad de Saturnino como en la ficción de Don Juan Tenorio, cuyo único testigo es el personaje imaginario de una monja cuyo nombre, no podía ser de otra manera, es Sor Inés.

El montaje está interpretado de principio a fin por el actor Chete Guzmán, al que le preceden unas críticas inmejorables. Actor de enormes recursos y talento, tanto para la comedia como el drama, realiza una labor intensa que es capaz de hacer reír, llorar y soñar siempre con el telón de fondo del inolvidable personaje, del seductor por antonomasia, Don Juan Tenorio.

Estamos sin duda ante uno de los fenómenos teatrales imprescindibles de la temporada que conmoverán a los aficionados y a la ciudad ripense


AUDITORIO PILAR BARDEM. 11 DE MARZO DE 2017. 20 HORAS. RIVAS VACIAMADRID.
VENTA DE ENTRADAS ANTICIPADAS.

Entradas anticipadas

miércoles, 15 de febrero de 2017

IV Premio internacional de poesía Covibar Ciudad de Rivas

Desde hace ya cuatro años, la Asociación Letras Vivas organiza el Premio internacional de poesía Covibar Ciudad de Rivas que se ha consolidado como un importante galardón en el panorama poético nacional y le ha otorgado a Rivas Vaciamadrid, con el patrocinio inestimable de la Cooperativa Covibar en su lucha por la difusión cultural, un premio que la ciudad madrileña, todo un referente, se merecía por derecho. Publicado Ediciones Vitruvio, una de las más relevantes editoriales poéticas de nuestro país, el premio se caracteriza por su limpieza, rigor y justicia, asegurándose que siempre lo recibe el mejor de todos los libros que se presentan. Os dejamos las bases de la presente edición.


IV PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA COVIBAR-CIUDAD DE RIVAS

La Cooperativa Covibar y Ediciones Vitruvio convocan el «IV Premio internacional de poesía Covibar-Ciudad de Rivas», con la organización de la Asociación Cultural «Letras Vivas» y la colaboración de la Asociación de Escritores de Rivas.

BASES

1. Podrán participar poetas de cualquier nacionalidad y edad. La participación en esta convocatoria implica la total aceptación de sus bases.

2. Los originales presentados serán inéditos, entendiendo como tal que estén libres de derechos y que la mayor parte de sus poemas no hayan sido publicados. Deberán estar escritos en lengua española y tener una extensión apropiada para conformar un libro de poesía, no deseando la organización imponer un número estricto de versos mínimo ni máximo.

3. Los originales se presentarán por triplicado acorde a los siguientes requisitos: cosidos o encuadernados y mecanografiados en letra de cómoda lectura (recomendado: Arial o Times New Roman).

4. El Premio internacional de poesía Covibar-Ciudad de Rivas se adjudicará mediante el sistema de plica cerrada. Los originales, en cuya portada aparecerá sólo el título de la obra, deberán ir acompañados de un sobre cerrado opaco en cuyo anverso se encuentre ese mismo título y que contendrá los datos del autor: nombre, apellidos, edad, dirección (tanto física como electrónica) y teléfono, así como una breve reseña biográfica literaria. Dado que el premio se caracteriza por su absoluto rigor y limpieza, los originales no deberán mostrar elemento alguno en su forma o contenido que permita averiguar la identidad del concursante, lo que implicaría la descalificación inmediata.

5. El plazo de admisión de originales comenzará el 03 de marzo de 2017 y terminará el 30 de abril de 2017. Se considerarán válidos los matasellos dentro de la fecha límite. Las obras pueden ser remitidas por correo, o en persona, a una de las siguientes direcciones: CENTRO SOCIAL COVIBAR, Avenida del Deporte s/n. 28523. Covibar-Pablo Iglesias. Rivas Vaciamadrid. Madrid; o EDICIONES VITRUVIO, Calle Menorca, 44. 28009. Madrid. En el sobre siempre deberá indicarse: "Para el IV Premio internacional de poesía Covibar-Ciudad de Rivas".

6. Ediciones Vitruvio designará un jurado formado por especialistas de reconocido prestigio. El fallo, que será inapelable, se hará público entre los meses de mayo y junio: se dará a conocer a los medios de comunicación y, con anterioridad, al autor galardonado.

7. Se establece un premio único consistente en la publicación del libro por parte de Ediciones Vitruvio en su colección Baños del Carmen.


8. Los originales no serán devueltos y serán inmediatamente destruidos tras el fallo. No se mantendrá comunicación ninguna con los autores.

lunes, 13 de febrero de 2017

De un tiempo de cerezas de Luis Pastor

Presentación que la escritora ripense Elena Muñoz hizo del poemario del cantautor el pasado día 9 de febrero de 2017 en el Centro Social de Covibar.

No sé si es casual, no lo creo, que en el título de este poemario que hoy se presenta  aparezca la cereza  como la protagonista. Y digo que no es casual porque es una imagen con una muy certera ambivalencia. Por una parte su raíz estremeña, como la de su autor, surgiendo de esos cerezos en flor que bien podrían ser los del Valle del Jerte, que rompen las retinas en una explosión de belleza entre el invierno y la primavera. Por otra su propia morfología, ese fruto que se come de uno en uno, enredados entre sí,  a veces, como cada poema que engloba De un tiempo de cerezas de Luis Pastor.

Quizá esperen ustedes que comience hablando de su autor. No lo voy a hacer -en la solapa del libro tienen su biografía artística- Permítanme ustedes que deje a un lado la remembranza del poeta, que no me retrotraiga a su pasado, rico en manifestaciones musicales y culturales, y que tan unido está a nuestro imaginario común de años de búsqueda de la libertad en tiempos muy oscuros. Todos conocemos quién y qué es Luis Pastor en la memoria histórica y musical de España en los últimos cuarenta años.

Hoy estoy sentada a esta mesa, como una comensal invitada a un banquete de poesía,  para contarles simplemente mi impresión de este libro de poemas, mi sentir, mis emociones al leerlo. No voy a hacer una crítica literaria, ni tan siquiera un desglose de estilo, de semántica o de significado. Para ello está el prólogo magníficamente construido de José Manuel Díaz, absolutamente recomendable antes de iniciar la lectura de los poemas.

Quiero empezar por decirles que cuando se cierra este libro, cuando concluimos su lectura, podemos sentir de todo menos indiferencia. Tal vez porque los versos que van surgiendo, como esas cerezas a las que antes me refería, alimentan emociones que nos llevan desde la sonrisa a la congoja, desde la ilusión al desamor, construyendo imágenes en nuestra mente que nos atrapan.

Un paseo por el tiempo común, por las edades pretéritas que van dejando, como en el cuento, unas migas comidas ya por los pájaros y a las que sólo podemos regresar con la memoria.
En el principio, como no, es la infancia del autor la llave que abre el poemario. Una infancia  recordada siempre es feliz, aunque no lo haya sido. Porque solo entonces es cuando miramos al mundo por primera y única vez; después todo serán recuerdos:

«Era el tiempo de ser niño
por la limpia voz y el agudo grito».

Nos dice el autor, mientras van surgiendo las estrofas sobre los padres, el río, el abuelo, los veranos y las encinas que llenaron las horas y los días del niño que fue.
Y esos días se fueron haciendo años, y esos años abrieron la puerta al amor, puerta que traspasamos nosotros también en una segunda parte para encontrarnos con la belleza, con reflejo de unos ojos, con las lágrimas de la pena cuando se entrega el corazón latiendo a prisa o se recoge a trozos como barro deshecho entre los dedos. No hace falta olvidar, piensa el autor,  para seguir caminando, simplemente recordar sin rencor.

   
    no atrases el reloj de la conciencia,
    jamás comas del árbol de olvido
    aprende a rechazar lo que no cuenta».
«Vuelve de nuevo a nacer desde un suspiro

    ¿Quién puede  andar la vida sin compromiso cuando es eso y no otra cosa la propia vida? El poeta nos lo explica en la tercera parte del libro con imágenes sencillas  que a todos nos destellan en ese rincón donde guardamos aquello que también por compromiso nos transformó un día: el odio a las armas, la solidaridad con el débil, la utopía nunca alcanzada, por ser una utopía, de la paz. Los versos de Luis Pastor se escapan para mostrarnos aquello que pudo ser y no lo fue, pero que nos hizo felices, cuando pensamos que todavía -sí por, favor, dejen que lo soñemos- podemos cambiar el mundo, a pesar del tiempo, o tal vez por eso.

    «Pero otro mundo es  posible
    otro mundo diferente,
    otra manera de vernos
    otra forma de ser gente».

Rojas cerezas que apenas ya van quedando en el cesto cuando estamos llegando a la parte final, y el poema se envuelve en la música- cómo no iba a ser así- y la música se transforma en la palabra de un estribillo, y el estribillo en un homenaje aquí a Camarón, allí a Pablo Guerrero, y el homenaje en lágrimas negras de pena negra recordando el 11 de marzo.

«Cuatro años de dolor para el recuerdo,
cuatro años de ausencias y reflejos,
Cuatro años de trenes sin regreso».

    Y cerramos el libro concluido. Y lo volvemos a abrir buscando esa imagen, ese verso, ese poema que se nos quedó pegada a la punta de la lengua, bailando en los oídos, brillando en nuestros ojos.
Ritmo, imagen, palabra, la santa trinidad de De un tiempo de cerezas. Que lo disfruten.            

jueves, 9 de febrero de 2017

Las pinturas eróticas de Pompeya

No cabe duda de que las pinturas descubiertas en el siglo XVIII bajo las cenizas del Vesubio debieron causar una gran impresión. Las excavaciones fueron encargadas por el entonces rey de Nápoles, el futuro Carlos III de España, quien tenía el objetivo de recuperar restos romanos que adornaran sus jardines y palacios.

Esas pinturas, con una explícito caracter sexual, se encontraban a lo largo de la ciudad y en los edificios usados como lupanares. La pregunta es : ¿eran los romanos unos depravados? A los ojos de la moralidad cristiana no cabe duda, pero sobre lo que tenemos que reflexionar en primer lugar es sobre el concepto que tenían los habitantes del Imperio sobre el sexo.

Los romanos se sabían descendientes de la misma diosa del amor, Venus, através de Eneas, por lo que ya, desde su origen el amor carnal estaba enraizado. Las costumbres "libertinas" estaban instauradas entre los ciudadanos, no así entre los esclavos, que solamente podían ser objeto e intrumento de placer. Basta recordar a Tiberio, Calígula o Nerón para comprender que incluso entre los emperadores el relajo sexual se encontraba bien implantado.

Tambien es difícl de comprender la visión que se tenía de la homosexualidad. En Roma no era una opción de género, sino simplemente una manera de obtener placer. También por ello estaba bien vista la bisexualidad tanto de hombres como de mujeres.Por tanto no es extraño que estas costumbres se convirtieran en motivo de decoración en villas y prostíbulos de la ciudad.

Pero centrándonos en el ámbito artístico no cabe duda de que estas pinturas son un claro ejemplo del arte gráfico romano, descendiente directo del griego. Tanto es así que los estilos de pintura romana se han definido en base a la pompeyana. En ellas se han definido cuatro estilos: el primero o de incrustaciones en el que  podemos el espacio dividido en tres franjas ; el segundo o arquitectónico que busca una cierta perspectiva; el tercero u ornamental donde se busca un claro objetivo decorativo; y por último el cuarto estilo o de ilusionismo arquitectónico en la segunda mitad del siglo I d. C. y es una especie de síntesis de las tendencias anteriores, dominadas por una escenografía fantástica donde se combinan los motivos imaginarios y las perspectivas arquitectónicas, dentro de lo que podíamos llamar barroquismo conceptual, donde se acentúan los espacios y fingimientos ópticos.

Los procedimientos usados en esta pintura debieron ser el encausto, el temple y el fresco. Aunque se sabe que los romanos desarrollaron la pintura sobre tabla, los restos pictóricos conocidos más importantes son de tipo mural, frescos protegidos con una capa de cera que avivaba los colores, mayoritariamente primarios y secundarios.

EL CASTIGO DE LOS DIOSES


    Lucía el sol en la campiña. Las uvas maduraban colgando de los pámpanos como lágrimas de Baco, del dios que habitaba en la cumbre de la gran montaña, que como uno de los titanes se erigía sobre la ciudad con el nombre de Vesubio.
    Un hombre y una mujer se desperezaban en su lecho. Sus ojos se habían abierto al nuevo día del mes dedicado a Augusto tras una noche de amor.
    Todavía parecían resonar los suspiros, los susurros que habían quedado como  ecos en las paredes. Todavía parecían sentir cada uno de ellos los dedos del otro recorriendo sus cuerpos, acariciando sus pieles.
    Sobre sus cabezas una pintura retrataba a dos de los dioses a los que todos los amantes se encomendaban: Venus y Marte, observados por Cupido. La diosa siempre hermosa, seductora, semidesnuda, abrazada por el dios guerrero.
    Repentinamente una gran explosión atronó los oídos de Marcus Lucretius, que así se llamaba el dueño de la casa y de su concubina. El suelo comenzó a temblar , el volcán se despertó de su largo letargo abriendo las puertas del averno.
    Fueron tres días de escupir fuego y lava que convirtieron la bella ciudad de Pompeya en un mausoleo, enterrando todo lo vivo y lo inerte, llenando de muerte y desolación lo que hasta ese momento había sido alegría, placer y prosperidad.
    Tal vez  los dioses envidiosos de la felicidad de los hombres quisieron recordarles su propia mortalidad.


Artículo y relato Elena Muñoz





viernes, 13 de enero de 2017

Altamira: la real academia del arte cuaternario

La real academia del arte cuaternario: así llamó a las cuevas de Altamira el pintor inglés Henry Moore haciendo referencia a la importancia de las pinturas rupestres que contiene.

Situado en la región de Cantabria, este conjunto pictórico, uno de los más relevantes del arte del cuaternario dentro del estilo franco cantábrico, debe su descubrimiento a la casualidad. Casualidad que llevó a un perrillo de caza a quedar atrapado entre los matorrales que cubrían la entrada. Su dueño, Modesto Cubillas, allá por el año 1868, observó que lo que pensaba que no era más que una madriguera se abría en profundidad hacia una cavidad más grande.

Puso en conocimiento de su patrón, un conocido terrateniente local y paleontólogo aficionado llamado Marcelino Sanz de Sautuola su hallazgo. Este hizo una primera aproximación para volver diez años después con la intención de investigar más a conciencia. Em 1879 se produce por parte de la pequeña María, hija de Sanz de Sautuola, el encuentro con la cueva de los bisontes y su magnífica bóveda.

Un descubrimiento de esa magnitud no podía quedar oculto y Sanz de Sautuola lo puso en conocimiento de la comunidad científica quienes, sobre todo por parte de los especialistas franceses, se mostraron altamente escépticos.Llegaron a afirmar que las pinturas habían sido realizadas por el mismo Marcelino, ya que contradecían las teorías evolucionistas: era imposible en individuos tan primitivos tamaña perfección artística.

Finalmente, la aparición de las pinturas de La Mouthe, en Francia, de similares características a las de Altamira llevó a que los principales detractores, entre los que se encontraba Emile Cartailhac, reconocieran su error y se retractaran. Altamira es desde entonces uno de los santuarios de las pinturas rupestres, designada patrimonio de la humanidad en 1985.

El conjunto rupestres está situado en un promontorio y contiene aproximadamente ciento cincuenta pictogrifos en sus diversos habitáculos que se extienden en longitud unos 270 metros. El conjunto que más resalta es, por supuesto, la llamada sala de los polícromos, que nos muestra un techo de unos 120 metros cuadrados en los que apreciamos un conjunto de animales, sobresaliendo los bisontes, caballos y algún cérvido, en un estilo naturalista que asombra dada la antiguedad de las pinturas. Acompañan a estas figuras otras antropomórficas, más esquemáticas , y líneas tectiformes.

Las figuras no forman escenas, ya que aparecen yuxtapuestas en ocasiones, sin que la perspectiva  tenga ningún interés para el artista. Este aprovecha las hendiduras, las grietas y los resaltes para proporcionar volumen a los muslos, vientre y costados, para colorear después utilizando pigmentos minerales como el negro de manganeso o carbón vegetal, y el rojo con óxido de hierro. También llegan a utilizar la sangre en ocasiones como pigmento, aglutinándolo con grasa. Como pinceles los dedos, cañas, o escobillas hechas con hojas de pino.

No cabe duda de que el artista o los artistas de Altamira habían adquirido una gran destreza en el dibujo y en la reproducción de la naturaleza. Pero la incógnita que permanece después de tantos miles de años es cuál fue la intención de llevar a cabo estas pinturas.

Durante mucho tiempo la teoría de la magia simpática es la que pervivió, sobre todo por similitud con culturas primitivas actuales. A través de esta teoría se afirma que estas repoducciones sirven para atraer la caza.

Pero actualmente se barajan otras interpretaciones más de caracter espiritual o chamanista, pedagógica (para iniciar a los cazadores) o simplemente del arte por el arte.

Sea cual fuera la razón, no cabe duda que Altamira es el ejemplo de que la sensibilidad artística es intemporal.




«MIRA, PAPÁ, BUEYES»





Sus ojos infantiles acostumbrados a recorrer los bosques, los verdes prados, en ocasiones el azul de mar, parpadearon para adecuarse a la oscuridad.

Como un rumor, mezclado con el viento, la voz de su padre se perdía en el exterior. Su joven corazón latía con fuerza mientras se adentraba en esa extraña cueva que años antes Modesto había descubierto siguiendo el rastro de su perro atrapado.

La luz del día cada vez  adelgazaba más a medida que se introducía en las entrañas de la tierra, de ese lugar llamado Altamira, como si fuera el bocado de un gran monstruo, como una pequeña Jonás.

Entonces, sin saber por qué, se desvió a una oquedad que se abría a su izquierda. Volvió a parpadear rápidamente, pero esta vez de asombro. Al levantar la vista al cielorraso de la cueva una explosión de formas se le vinieron a los ojos. Grandes animales cabeza arriba y cabeza abajo parecían recorrer el techo en una estampida sin final. Apenas se podían vislumbrar, pero se percibían ciertos rastros de color: amarillos, ocres, rojos.

El aire contenido por la emoción y el temor de la niña surgió en forma de fuerte suspiro cuando oyó la voz de Marcelino Sanz de Suntuola, su padre, llamarla:

—María, María… ¿Qué haces? ¿Dónde te has metido?

La niña corrió hacia la salida gritando a los cuatro vientos,  con todas las fuerzas de las que era capaz, aquello que había visto y que se habría de convertir en uno de los hallazgos históricos y artísticos más grandes de la Humanidad.

—Mira, papá, bueyes, hay bueyes…

Artículo y relato Elena Muñoz