viernes, 19 de enero de 2018

LOS POEMAS NO COTIZAN EN BOLSA, DE ELENA MUÑOZ



Cuando tuve el honor de presentar, en el año 2015, la ópera prima poética de Elena Muñoz, Momentos de arena y hielo, afirmé que una escritora por vocación como ella había encontrado en la poesía el adecuado cauce expresivo para cuanto sólo cabe decir mediante la construcción de un sujeto lírico. Y ello resultaba y resulta todavía más notable habida cuenta de que nos hallamos ante una narradora sumamente certera, con un don innato para la fabulación y la trama, y una habilidad indiscutible a la hora de repartir las cartas de la baraja entre los personajes, al servicio de la intriga más o menos explícita, más o menos compleja. La poesía se mueve en otros ámbitos; fundamentalmente, y como también vine a decir entonces, el de la objetivación de la vivencia íntima para propiciar la posible conexión con el otro, ya en el territorio compartido de la universalidad del sentimiento; lo que se erigiría en la mayor prueba literaria de aquella máxima del doliente filósofo Soren Kierkegaard: “Más ahondamos en nuestro corazón, más ahondamos en el corazón de cualquier ser humano.” La aparición ahora de Los poemas no cotizan en bolsa, nº 3 de la nueva colección “Poesía Tatoo” de Ediciones Vitruvio, confirma lo que supimos gracias a la publicación previa de Momentos de arena y hielo, y por ello podemos decir ya que Elena Muñoz ha llegado, para quedarse, a esta esfera del corazón plural que es la poesía; a este ámbito, a la vez plural y unánime, que quedó quintaesenciado y definido inmejorablemente por Vicente Aleixandre en Historia del corazón: “El poeta canta por todos”.


            Aquí, pues, la eficacia proverbial de la autora, lejos de tramas, personajes, intrigas y desarrollos narrativos, habita en el perfil de cada texto y, sobre todo, en la gestación y formulación de las imágenes, que transitan por la senda de hallazgos abierta ya en el primero de los poemarios, y de ahí que continúen buscando la complicidad del lector en una reconocible longitud de onda emocional. La tristeza es una “boca abierta / que gruñe entre bocado y bocado / de frustración y rabia / porque nunca tiene suficiente”; la tristeza también “tiene ese color / descolorido de la ropa pasada”. Y en la misma línea, la desesperanza “está tejida con alambre de espino”. No resulta casual que tristeza y desesperanza hayan tomado estas líneas como por asalto: mentiría quien afirmase que Los poemas no cotizan en bolsa es un libro alegre. Ya en el poema inaugural, cuyo título se hace extensivo a la obra toda, podemos leer: “no hay agencias de riesgo / que den ninguna valía a los sentimientos”; también que los poemas “no son una inversión de futuro”. Nuestra actual sociedad de consumo, y la perspectiva irrevocablemente economicista desde la cual se nos obliga a contemplar la realidad, van conformando algo semejante a un entramado alegórico de fondo en el transcurso del libro, de manera que la vida llega a parecer “demasiada letra pequeña para un contrato / con vencimiento cierto”. Temas como la envidia –en el gran poema “Francotiradores”, donde los envidiosos tienen “ojos de pescado muerto / sobre una capa de hielo deshelado de tres días”-, los intereses creados de la sociedad de la información cuyos efectos más indeseables igualmente sufrimos –el poema “Mentira de saldo” resulta esclarecedor al respecto-, la soledad –“mujer fatal / cuyo beso es la puerta giratoria / a un purgatorio repleto de gente / sola”-, el extrañamiento –“los perros lanzan dentelladas de aire, / ahogados por sus cadenas, / desesperados por la lejanía / de una luna que ni siquiera los mira”- o el desmoronamiento existencial y el vacío –plasmados con tanto acierto en el texto titulado “O simplemente nada”- comparecen en el poemario para dar carta de naturaleza, por oposición y como defensa a ultranza frente a todos los riesgos, a la autenticidad, a la salvadora autenticidad del sujeto lírico. Así, el poema “No es suficiente” podrá incidir, con legítima coherencia, en la desavenencia radical entre la señalada perspectiva economicista de nuestra sociedad de consumo y la esfera íntima: “Caminé hasta el parque y sentada en un banco / escribí este poema con mi alma intacta”. Si el mundo, a fin de cuentas, es “un libro de páginas en blanco / lleno de gritos”, la referida autenticidad permite “la propia rebeldía de querer ser yo misma”. También el aprendizaje del desamor en poemas como “Cicatriz”. Y el canto por la marcha de los hijos en “Huecos en el alma”. Y el lirismo esencial, vibrante y desnudo de la página titulada “A mi madre”.
 
            Los poemas no cotizan en bolsa ensanchan la trayectoria literaria de Elena Muñoz; una creatividad ya dueña del misterio del tiempo, como la llamativa e inteligente economía de medios retóricos en torno precisamente a la palabra “tiempo”, en el poema final del libro, vendría a demostrar con creces. Misterio del tiempo, o misterio de la “palabra en el tiempo”, como dijera don Antonio Machado.

ANTONIO DAGANZO
18 de enero de 2018

martes, 16 de enero de 2018

Leer un cuadro: La vocación de San Mateo de Caravaggio


 La vocación de San Mateo. (1599- 1600) Óleo sobre tabla. Capilla Contarelli.


Hablar de Michelangelo Merissi di Caravaggio es hablar de unos de los mayores genios de la pintura barroca en particular y de la historia del arte en general. Vivió en un tiempo apasionante  en el que los artistas elegieron el dramatismo, la pasión y la emoción para expresarse. Mayor realismno, colores ricos e intensos, teatralidad en las composiciones y sobre todo el contraste entre luces y sombras.


Nacido en Milán, Caravaggio desarrollo el culmen de su carrera en Roma, a la sombra del papado y de las órdenes religiosas, para quienes pintó muchas de sus obras. De vida tormentosa, paració encontrar en su propia personalidad el potencial que le dió fama: la utilización del claroscuro, dando lugar al tenebrismo, estilo muy apreciado por la Contrarreforma, que encontraba en su dramatismo la mejor manera de conmover a los fieles. Caravaggio renunció a todo el idealismo que había protagonizado la pintura durante el Renacimiento. Para ello utilizó modelos sacado de la calle, de los suburbios, convirtiendo a mendigos, borrachos y protitutas en apóstoles y santos, vestidos a su vez con ropa contemporánea.

Como ya se ha señalado su vida fue de lo más excesiva. Se vió envueltos en escándalos de sexo y violencia hasta que en 1606 mutila y mata a un hombre, Ranuccio Tomassoni, y el papa le condena a muerte. A partir de este momento inicia una vida de huída y angustia hasta que la muerte, ya indultado por Pablo VI, le sorprende en Porto Éccole, cercade Roma, en 1610.

Centrándonos en el cuadro que comentamos La vocación de San Mateo, que pertenece al ciclo de San Mateo de la Capilla Contanelli, podemos decir que engloba las características atribuídas a este pintor.

El cuadro se basa en el evangelio del propio Mateo 9:9, en el que Cristo  indica al  recaudador de impuestos que le siga en su fe. La obra está compuesta en dos planos. uno superior en el que solo hay una ventana, y uno iferiso en el que se desarrolla la escena, que nos muestra el interior de una taberna. Jesús y Pedro van vestido con túnica, el resto con trajes de la época. La luz se filtra por la drecha, aunque no sabemos la preferencia del foco. No cabe duda de que el mensaje es que Cristo es "la luz" verdadera. Caravaggio nos muestra la colisión entre dos mundos, el terrenal y el celestial. La direccionalidad de la compsoción parte del brazo de Jesus, en semejanza al que vemos en La creación de Adán de Miguel Ángel, en la Sixtina, siguiendo por la de Pedro, hasta acabar en la del pripio Mateo que se señala asímismo. El objetivo de crear una atmósfera en la que el creuyente se encontrara embargado por la emoción del instante se consigue con creces.

Aunque Caravaggio no creó escuela fueron miles los seguidores de su estilo, sobre todo entre los pintores que viajaban a Roma para ampliar sus estudios. Entre ellos cabe destacar a uno, Diego Velázquez, cuyo débito al pintor italiano es incuestionable, sobre todo en su época tenebrista.





PINTORES



Sevilla. Un día de 1618. Un joven pintor  reflexiona sobre la obra de uno de los grandes, al que ha conocido en su viaje a Italia, sin entender cómo alguien de vida tan miserable pudo conseguir tanta perfección.

Aunque juerguista, ladrón y pendenciero, el artista italiano estaba tocado, sin duda,  de la magia, no sabe si de los dioses  o de ese Dios que él refleja  vestido de hombre, de aquel que perdona los pecados,  hasta los más impíos con solo arrepentirse. Al igual que  Mateo, él también fue señalado, no de los  hombres redención sino como  creador  de ese un universo entre tinieblas rotas  por la luz de sus pinceles, que no pudieron iluminar la oscuridad de su propia vida llena de excesos, retorcida, dando el máximo sentido a la época que le tocó vivir: el barroco.

El joven pintor es consciente de que  la grandeza de una obra no tiene nada que ver con la belleza de una vida, sino a veces todo lo contrario. El genio se esconde en los pliegues más recónditos de la miseria humana. Para el italiano, quizá, fue la única manera de encontrar la salvación, aunque fuera convirtiendo a borrachos, ladrones y putas en santos elevados a los altares.

-¡Diego!

Una voz le saca de su ensimismamiento. Con un suspiro da la última pincelada al cuadro que ha concluido, “La vieja friendo huevos”, antes de firmar. Se aleja unos metros y asiente con la cabeza. Sí, casi ha conseguido captar ese espíritu de Caravaggio.

Luego, despacio y con cuidado rubrica la obra: D.D. Velázquez.

(c) Comentario y relato Elena Muñoz


miércoles, 20 de diciembre de 2017

Los Halcones nocturnos de Edward Hopper

 "Nighthawks". Óleo sobre lienzo. 1942


El arte de Estados Unidos entre los siglos XIX y XX es un reflejo de los retos que afrontaba un país con apenas un siglo de vida. Un país que avanzaba rápidamente y se transformaba de antigua colonia británica a cosmopolita  e internacional nación cuyo centro se encontraba en la ciudad de Nueva York.

Al mismo tiempo la economía pujante favorecía la aparición de nuevos ricos, quienes a semejanza de los europeos, comenzaron a invertir en obras de arte, que engrosaban sus colecciones. Parecía que la prosperidad había sembrado sus frutor y que nunca se secarían.
Pero en 1929 sucedió uno de los mayores desastres económicos, el llamado Jueves negro, con el desplome de la bolsa y la ruina de muchísimos norteamericanos, que cubrió de miseria y deseperanza la vida de este otrora optimista país.Tras este desastre, tan solo diez años después estallaría la II Guerra mundial con las consecuencias de todos conocidas.

El arte no podía ser ajeno a estos devenires sociales y económicos, y en el caso del artista que nos ocupa, Edward Hopper, se muestra un antes y un después en su obra y en la de sus colegas, que se dejaron influir en gran manera en lo que se llamó la Gran Depresión. Muchos de sus artistas vieron en sus obras una punta de lanza para denunciar la injusticia política y social, abandonando las reivindicaciones más estéticas. Así mismo se fue alejando la dependencia de la gran urbe, aunque nunca sin perder su importancia, para afianzar un regionalismo que hablaba de la inmensidad y diversidad de los estados. Aquellos que permanecieron en Nueva York se dejaron influir por la geometría de la gran ciudad y de sus rascacielos.

Dentro de estos últimos encuadramos a Hopper. Paradójicamente estamos ante un artista cuyas obras son más conocidas que él mismo. Formado y conocedor de los pintores clásicos, sobre todo los impresionistas, se le ha denominado el pintor de la soledad, dentro de un contesto social muy determinado: "el realismo sucio". Como antes hemos señaladp, hubo un antes y después en su obra tras el "Crack" del 29. Empezó a retratar personas solitarias en busca de sueños, como es el caso del cuadro que centra este comentario.

Nighthawks, también denominado Los halcones nocturnos, situa la acción en un diner , ya derribado en el Greenwich Village de Nueva York. El cuadro se comienza  a pintar tras el bombardeo de Pearl Harbour y refleja el desánimo y la preocupación que asolaba el país.

Una calle vacía, tal vez en verano, y dentro del diner tres clientes, ensimismados, sin hablar. Dos forman pareja, el tercero solo. El único camarero les ignora. La esquina del diner es curvada, acristalada, mostrando el interior alumbrado por una fría luz de neón, acrecienta la angustia de la artificialidad de la escena. No hay puerta de salida, tan solo una al fondo sin destino
. Nos está contando una historia que parece captada por la instantánea de una fotografía. Un historia que el espectador nunca sabrá cómo comenzó, ni tampoco su final, en una noche atemporal, eternamente fijada en este lienzo.

CUATRO HISTORIAS



La calle no está vacía: la habita la nada, silenciosa y opresiva. En ella reina la oscuridad de una noche de luna de neón amarilla y fría.

UNO
 “A pesar de todo sus labios siguen sellados. Pensé que hoy sería capaz de abrir su corazón y de reconocer la verdad, la única verdad: que ya no me quiere. Tal vez nunca me quiso… No lo sé. Veo sus ojos fijos en la nada, sus manos que manosean la bolsa del azúcar que ha echado al café que ya se ha enfriado, como cualquier sentimiento  entre nosotros. Pero no dice nada, solo calla y sufre, y deja que el silencio levante su muro. Solo haría falta una palabra…”.

DOS
“Estoy cansado, muy cansado. Pasa ya de la medianoche de un día que es igual a otro, en una cadena interminable de rutina. Nunca pensé que en esto consistiera la vida. Y, encima, debo sentirme afortunado de tener un empleo, de ganar un mísero sustento que me permite sobrevivir en una habitación con derecho a cocina, en donde duermo agotado para no soñar y poder seguir sonriendo a los clientes”.

TRES

“Debía haber muerto yo. Entonces habría vuelto a casa como un héroe, como volvió  su cuerpo acribillado por el mortero, y mi familia me recordaría así. Habría salvado a mi país del yugo de los invasores. Sería un patriota. En cambio, ahora, no tengo nada, ni siquiera un trabajo que me justifique. Debía haber muerto yo y no mi mejor amigo, mi hermano. No soporto quedarme en casa y ver el reproche en los ojos de mi madre, sabiendo que ella me considera culpable”.

CUATRO

“Sé que ella espera que le hable. Pero ya hay demasiado vacío entre los dos para que crea que la sigo queriendo con toda mi alma. El tiempo, la incertidumbre, me ha puesto una mordaza que me impide dejar salir mis sentimientos. Lo mejor es que la deje marchar. Prefiero que me odie a permitir que gaste su vida con un fracasado”.


A través de la gran pecera del bar la vida se ha convertido en un agua estancada e irrespirable de soledad.

Artículo y relato (c) Elena Muñoz