martes, 11 de diciembre de 2018

Unicornio teatro Rivas: un año de éxitos con broche final en el auditorio Pilar Bardem

Hace un decenio vio la la Unicornio teatro Rivas, un grupo de actores y actrices aficionados que apostaron por un proyecto que ha cuajado en la temporada 2017-2018 en un cúmulo de éxitos gracias a su montaje DIVINAS PALABRAS  de Ramón M. de Valle Inclán.

Como los antiguos cómicos de la legua han ido representando en certamen y festivales nacionales del territorio español, cosechando grandes triunfos, que se han reflejado en diez premios y diecisiete nominaciones  que han puesto el nombre de Rivas Vaciamadrid en los palmarés del teatro amateur.

Y para cerrar este año de grandes éxitos el próximo día 16 de diciembre inaugurarán la VI Muestra de teatro de Rivas con su montaje de AMORES, DESAMORES Y OTRAS ZARANDAJAS. que recoge textos de Lope de Vega, Zorrilla, Lorca, Muñoz Seca o Fernando Fernán Gómez. Se trata de un montaje que fusiona teatro y música, con escenas dramatizadas sobre un tema común: el amor.



DEL DRAMA A LA COMEDIA



“Qué mejor excusa que el amor para hacer un recorrido por los textos de nuestros grandes autores. Amores, desamores...y todas esas zarandajas de intereses, celos, engaños y sexo”, resume el director de la función y la compañía, Chete Guzmán. Y añade: “Autores de las letras españolas dan voz a todos esos sentimientos que van desde el amor ingenuo y sin edad, hasta el más desgarrado e imposible, pasando por la seducción y el deseo: la sinceridad de Doña Rosita, la fuerza de Laurencia, la rebeldía de Adela, el ardor de Luisito o la ternura de Perlimplín. Una propuesta para pasar de la comedia a y drama y viceversa”.

16 DE DICIEMBRE 2018
19 horas
Auditorio Pilar Bardem. 4 euros.
taquilla (sólo jueves y viernes, 18.00-
20.00, y días con función desde una
hora antes)

viernes, 9 de noviembre de 2018

LEER UN CUADRO: La muerte de Marat de J. L David.

(Óleo sobre lienzo. OldmasterMuseum, Bruselas. 1793)





El 14 de julio de 1789 se produce la toma de la Bastilla, fortaleza medieval convertida por el cardenal Richelieu en prisión, por parte de la ciudadanía de París, que la consideraba símbolo del antiguo régimen. Se puede considerar que este episodio es el pistoletazo de salida de lo que conocemos históricamente como Revolución francesa, movimiento político y social, alimentado intelectualmente por la Ilustración y con la que nuestro autor, el pintor francés Jacques Louis David está íntimamente relacionado.

Nacido en una familia acomodada, David estudió con el pintor rococó Boucher, para luego ingresar en la Academia de pintura y escultura de Francia, en donde será becado para Roma. Allí se encontrará con pintores que le influirán como son Rafael, Miguel Ángel o Caravaggio. Su evolución le llevará a convertirse en uno de los grandes pintores del Neoclasicismo, estilo y estética que bebe, como su nombre indica, de la resurreción de los principios clásicos y que irá a morir con el Romanticismo.

Como ya se ha señalado, David no solo fue un artista, sino un ciudadano comprometido con la revolución. Perteneció al partido de los jacobinos, defensores de la República, del sufragio universal y de un Estado fuerte y centralizado. A ese mismo partido pertenecieron Robespierre y Marat, protagonista este último del cuadro que analizamos.

La muerte de Marat sucede unos meses ante del periodo conocido com El Terror, que para muchos historiadores fue un momento de puro terrorismo de estado, llegándose a ejecutar en la guillotina a 16.594 personas, y que tuvo como figura central a Robespierre: "El terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible", definió el revolucionario francés en sus propias palabras.

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su estancia, corrigiendo (o eso se dice) las galeradas del periódico "El amigo del pueblo" del que era fundador, recibe una nota de una ciudadana, Carlota Corday, que dice tiene una información y que le va a facilitar una lista con los nombres de traidores a la patria. Marat accede a recibirla, a pesar de estar en la bañera, en donde el agua fría le calmaba de los picores de lo que luego se ha sabido era una celiaquía, o alergia al gluten. Pero lo que Corday iba a llevar a cabo era el asesinato del político, a quien consideraba el enemigo del pueblo. Y así lo hace. La mujer no intentará ni tan siquiera huir, y será ejecutada el día 17 de ese mismo mes.

El momento que nos muestra el cuadro de David no es el del apuñalamiento, sino el inmediatamente después, en el que ya el espíritu ha escapado del cuerpo de Marat, cuyo rostro aparece idealizado. La asesina no aparece, aunque sí la nota en la mano del moribundo en forma de nombre. La escenografía corresponde a la visualizada por el mismo pintor el día anterior al suceso, en el que visitó al político. La composición de la obra ha sido comparada con la Piedad de Miguel Ángel o el Santo Entierro de Caravaggio. De alguna manera estamos ante la representación de un mártir, en este caso de la Revolución, y para algunos estudiosos el pintor replica esquemas iconográficos que muestran los valores católicos pero aplicados a otros fines. El cuchillo, apenas visible,así como la sangre,que queda oculta en las sombras, parecen que no quisieran mostrar de manera evidente la crueldad del crimen.En cuanto a la composición David la resuelve a base de líneas verticales y horizontales, que trazan una cuadrícula imaginaria que reparte el peso en la parte inferior y a ambos lados, equilibrándola . No hay fondo, los colores son una mezcla de calor y frío, con un foco de luz que ilumnina de manera suave a Marat. Sobre la caja de madera un papel y un billete que, mostrando la generosidad del político con el pueblo, indica el pago a la viuda con cinco hijos de un ciudadano que ha muerto.

Esta obra  está considerada como una de las mejores del pintor francés, dentro del arte propagandístico  como justo reconocimiento a la muerte de un gran hombre. Así lo indica la dedicatoria del propio cuadro: "A Marat de David".



Silencio


Silencio, solo silencio.  Un hombre ha muerto. 
La sangre fluye de  la pequeña herida como la rosa roja florecida de la Revolución.
Un hombre ha muerto, pero no cualquier hombre, ni de cualquier manera.
La parca ha segado su vida a través de la mano de una mujer consciente de que al matarle  ponía su propia cabeza bajo la cuchilla de la guillotina.
Jaque  al rey con la dama. Una nueva Judith liberando a su pueblo
Instante eterno en el que el alma del héroe se escapa hacía esos Campos Elíseos en donde pasean ya otros héroes como los que lucharon en Troya.
 No hay dolor, solo paz.
Un hombre muerto pero no en vano. Sacrificado por los ideales de la Libertad, de la Igualdad, de la Fraternidad, su nombre se escribirá con letras de oro en el frontispicio de la Revolución.
El silencio, la muerte, un pintor, dos nombres… Y la Historia con mayúsculas para juzgarles.

Artículo y texto: (c) Elena Muñoz



viernes, 26 de octubre de 2018

Mayo del 68, una utopía tras las barricadas, de Francisco J. Castañón

"La ciudad de la luz se apagó por un tiempo. La ciudad del amor desbordó de pasiones tan libres como desordenadas. Muchas cosas, casi todo, de pronto amaneció un poco trabucado, con los sentidos al desnudo para cobijarse en cualquiera de esas novedades que pudiera traer ese movimiento social activo, reincidente, destructivo pero no tanto, que se venía llamando la Revolución de París y que acabó por reconocerse más propiamente como mayo del 68".

(Francisco J. Castañón. Mayo del 68, una utopía tras las barricadas. Ediciones Vitrubio, 2018)






Para cualquier historiador, periodista o escritor una efeméride es un recurso para poder llevar a cabo una revisión, un artículo o una novela. El reto es, sin lugar a dudas, aportar algo más de lo que hasta ese momento se ha dicho o planteado.

No cabe duda que durante el medio siglo que ha transcurrido desde las revueltas parisinas, que comenzaron siendo estudiantiles para luego extenderse a otros sectores, sobre todo el obrero, se han publicado toda clase de visiones nacionales e internacionales que han proyectado luces y sombras sobre este hecho histórico, cuya repercusión, curiosamente, puede decirse que afloraría en las décadas posteriores de los setenta y los ochenta.

Entonces, ¿qué aporta esta publicación del periodista y escritor Francisco J.Castañón? Pues algo muy simple y complicado a veces de encontrar: rigor y sencillez. Rigor porque el autor se basa específicamente en los hechos ocurridos, narrados de una manera visual y periodística, pero sin detenerse en dar opinión ni sugerir al lector ninguna interpretación; la sencillez viene dada porque el relato es tremendamente pedagógico y ayuda a la comprensión de los hechos.

Mayo del 68, una utopía tras las barricadas  está estructurado en partes muy definidas. Una primera en la que los acontecimientos de París y por extensión de Francia, se van sucediendo cronológicamente, y nos hablan de  de las barricadas, de la huelga general, de los acuerdos de Grenelle, del triunfo de Pompidou, de la liberación sexual, del feminismo y de la cultura. También hay una serie de retratos de los protagonistas que ilustran y ponen rostro de una manera muy certera a los hechos contados.

No hace falta señalar que estos acontecimientos tuvieron también reflejo en nuestro país, y esto también es recogido por Castañón en su libro, asi como opiniones de intelectuales, periodistas y personas de la cultura cohetáneas (Rafael Fraguas, Mercedes Lezcano, Juan Antonio Matesanz, entre otros)  que completan este panorama de ese mes de mayo que "cambió el mundo". Como epílogo una cronología con otros hechos que se sucedieron, importantes también, pero que quedaron en es momento un tanto ensombrecidos, y que ayudan a realizar un marco geopolítico.

En resumen, estamos ante un libro que, sin duda alguna, ayuda a recordar, pero también a aprender a la nuevas generaciones lo que fue, y lo que significó, esa revolución que hizo durante unas semanas de París el centro del universo.

Imprescindible.

Elena Muñoz
Escritora y vicepresidenta de la Asociación de Escritores de Madrid.





miércoles, 17 de octubre de 2018

EL HURACÁN Y EL DESTINO, DE ELENA MUÑOZ

El pasado día 4 de octubre se presentó en el madrileño municipio de Rivas Vaciamadrid la última novela de la escritora Elena Muñoz EL HURACÁN Y EL DESTINO (Ediciones Ondina), novela que cierra la trilogía comenzada en 2013 con COMO EL VIENTO EN LA ESPALDA, a la que le siguió VIENTOS DEL PASADO, EL SECRETO TRAS EL CUADRO, en 2015, ambas en EDICIONES BOHODÓN.

La tres novelas tienen como elemento común a su protagonista, Marta Nogales, una galerista de arte que se enfrenta a retos vitales y a misterios que ha de resolver; una mujer madura que, a pesar de las dificultades, nunca da la espalda al amor en su amplitud, ni a la vida.

Como en las anteriores novelas de esta escritora, las historias se entrecruzan, tanto las reales en la ficción como las que Muñoz considera, así lo hace  en esta última, convertir en una novela dentro de una novela.  Historias en las que el lector se ve enganchado desde la primera página, y que hace que se desee leer prácticamente de un tirón.

Hay, sin duda, datos autobiográficos en esta novela, como los hubo en las otras anteriores, aunque tal vez aparecieran de una manera más palpable en la primera entrega de trilogía. No cabe duda de que en el personaje de la protagonista, Marta Nogales, hay retazos en los que podemos reconocer a su autora, algo que ella no niega, aunque diga en repetidas ocasiones que "ójala ella fuera Marta Nogales".

Elena Muñoz es una muy buena diseñadora de personajes, y en esta ocasión nos muestra una pléyade que se mueven a la lo largo de la trama cumpliendo con creces su tarea. Cabe señalar el papel del malvado Koslov, un mafioso ruso que, sin duda, destaca por su perversidad. 

Como ya hemos dicho, El Huracán y el destino mantiene un gran interés a través de los diálogos, de las imágenes, que  la escritora maneja con maestría, hasta llegar a un desenlace que no defauda al lector. 





viernes, 14 de septiembre de 2018

Una de cine: Campeones

No cabe duda de que hay películas que, de antemano, despiertan todas las simpatías del público, que acude a las salas predispuestos a disfrutar. La causa suele ser diversa, pero casi siempre coincide con cierta temática que toca la fibra, ya sea drama o comedia. Este es el caso de CAMPEONES,  del director Javier Fesser, seleccionada por la Academia de cine española para representarnos en los Óscar.

Vaya por delante la excelente interpretación de Javier Gutiérrez, actor que ya ha demostrado sus méritos en películas tan valoradas como La isla mínima. Para quienes valoramos la capacidad de traspasar la pantalla reconocemos la grandeza de Gutiérrez. Unido a él un coro de actores noveles cuya diversidad y ternura hacen de la historia un ejemplo de comedia amable y entretenida.

La cuestión es que si esta la mejor película del año, con méritos suficientes, para representarnos en el certamen mundial del cine. Con todos mis respetos, creemos que no.  Es cierto que es una lección moral que pone de manifiesto como todos podemos, en momentos de nuestra vida, ser absolutamentes dignos de recibir lecciones, incluso de los qu, en principio no pensábamos. Pero el cine ha de ser más.

Creemos que otra de las candidatas, Handía, de Jon Garaño y Aitor Arregi, que recibió diez premios Goya en su última edición, hubiera de haber sido la elegida. La ambientación, el tema, que también incide en el diferente, la fotografía, es a nuestro parecer más merecedora de llegar a esa representación del cine español.

Doctores tiene, sin embargo la iglesia. Por ello deseamos la mayor de las suertes a Campeones, que metan la mejor canasta de su vida trayendo el Óscar a casa.

martes, 10 de julio de 2018

¿Cuándo comenzó el veraneo?

Las vacaciones y el veraneo son fenómenos ligados al concepto de ocio, y este se considera una invención romana. Los esclavos hacían todo el trabajo duro en los hogares de los patricios, los ciudadanos acomodados del Imperio, que se convirtieron así en la primera clase social de la Historia que se acostumbró a gozar del tiempo libre.

No es que los personajes ricos y poderosos de Mesopotamia, Egipto y Grecia estuvieran más ocupados que ellos; lo que ocurre es que los patricios romanos presenciaron el nacimiento de una nueva corriente filosófica que defendía el disfrute del ocio como la auténtica esencia de la vida humana. Así, en el siglo I, Séneca escribió: “A nadie compadezco más que a esos hombres atareados que viven negándoselo todo en la juventud por no tener tiempo, y en la vejez por no deprimirse al ver lo que han dejado de hacer en sus vidas”.

Los patricios romanos rendían culto al tiempo libre, y ese culto se hacía más intenso al llegar los meses del verano. ¿Por qué? Roma era la capital del mayor imperio del mundo, la metrópoli que iluminaba con su luz a los bárbaros. Pero en verano esa luz despedía olor a podredumbre por la fetidez que emanaba de sus cloacas y de las letrinas públicas. Según cuenta Petronio en El satiricón, el propio Nerón llegó a exclamar: “Qué insoportable olor despedirá la plebe ahora que llega el calor”.

Por eso, en junio la corte se trasladaba al palacio de Anzio, en la costa de Sicilia. Los patricios imitaron al emperador e iniciaron un éxodo veraniego hacia sus residencias en el sur. Uno de sus destinos preferidos era Pompeya, que se transformó en una típica ciudad de veraneo. Se edificaron lujosas villas, termas, piscinas, un anfiteatro y todo lo necesario para asegurar el bienestar de los más privilegiados. Tanto que algunos historiadores, como Thomas Viegel, califican a Pompeya como un antecedente de los actuales resorts turísticos. Un paraíso del relax que fue arrasado en el año 76 por la erupción del Vesubio.

jueves, 7 de junio de 2018

LEER UN CUADRO: Niños comiendo uvas y melón, de Bartolomé Esteban Murillo.


 Óleo sobre lino. Alte Pinakothek, Múnich, Alemania.

Para cualquier divulgador cultural las conmemoraciones suponen la mejor excusa para volver a traer a la actualidad a los protagonistas de la Historia y del Arte.

Hace cuatrocientos años, con el inicio de 1618 un niño fue bautizado en la  ciudad de Sevilla con el nombre de Bartolomé, de apellidos Esteban y Pérez, al que el mundo conocería como Murillo, uno de los pintores más virtuosos del Barroco español, estilo que ha dado grandes nombres a los lienzos hispanos. Sus tres esuelas más importantes: la valenciana, la sevillana y la madrileña han puesto firmas a las obras con nombres tan relevantes como Ribera, Ribalta, Zurbarán, Claudio Coello y, como no, Velázquez.

A pesar de que Murillo es conocido sobre todo por sus "Inmaculadas", cuya iconografía ha quedado impresa en la retina de todos al pensar en esa advocación mariana, no son sus cuadros religiosos lo que acapara nuestra intención en este análisis, siendo como son magníficos. Esa temática, común a todos los pintores, responde sobre todo a la corriente impulsada por la Contrarreforma de propagar la vida de Cristo, de su madre y de los santos, para contrapesar la herejía de lutero. Incluso la forma de interpretar los personajes, mucho más cercanos a la fisonomía de una persona de a pie, intentaba hacer más cercana la fe.

No, lo que hoy traemos  como ejemplo, el cuadro de Niños comiendo uvas y melón pertenece a lo que se denomina pintura de género o costumbrista, nacida sin duda de la observación de una sociedad, la española del siglo XVII, en la que la pobreza, la miseria y la enfermedad asolaba a las clases menos pudientes, y en la que se vislumbraba ya el ocaso del Imperio español. Pero también la literatura es fuente de esta temática. Sabemos que Murillo conoció la novela picaresca, y que le despertó de alguna manera la conciencia.

Pero, curiosamente, los cuadros de género del pintor sevillano no son dramáticos ni tristes. En ellos siempre se captan momentos felices, como en éste que comentamos , en el que dos muchachos, paupérrimos a tenor de sus ropas, comen con deleite piezas de fruta. La luz ilumina la escena a través de los blancos y el movimentos de los cuerpos se dinamizan por unas diagonales que encajan la perspectiva y la composición a la perfección.

Esta temática llevó la pintura de Murillo más allá de nuestras fronteras, pues fue del gusto de comerciantes del centro y norte de Europa, donde este género tenía gran predicamento, que llevaban a cabo sus negocios en Sevilla. Esta es una de las causas por la que la mayoría de este tipo de obras están en museos europeos.

Contra toda opinión, en su época, Murillo fue más famoso que Velázquez. Su libertad de pintar, al no estar sujeto a la Corte, su exclusividad en la factura de sus cuadros, porque no trabajaba series, hizo que la cotización de su obra subiera como la espuma., y le convirtieron en los pintores más notables.


QUIEN NO VIO SEVILLA NO VIO MARAVILLA


La luz, la luz, Sevilla es un faro luminiscente diurno en esa mañana . También es un enjambre de ruido de cascos de caballos, de gritos de  mercachifles , de ruedas de carros que arrastran  los fardos provenientes de los barcos del Guadalquivir. Al fondo la torre, del  Oro la llaman, tal vez porque refulge como ese metal cuando los rayos de Faetón inciden en ella.

Más gritos, esta vez de un frutero gordo y  abortargado, que intenta sin éxito alcanzar a dos pillastres que le han robado de su puesto ambulante un cesto con uvas y un melón. Los niños se mueven, a pesar de ir descalzos, con la velocidad de galgos y sortean los obstáculos con la pericia de quienes no es la primera vez que se ven en esas lides.

Corren hasta que apenas les queda resuello, alejándose lo más posible del lugar de su fechoría. Finalmente se desvían en un callejón, sucio de orines y desperdicios, pero que a los pequeños ladrones no parece incomodar.

Uno de ellos saca una navaja que limpia en su camisa, ya de por si sucia y ajada, y a tajos va partiendo el melón con el que seguidamente se deleita. Mientras el otro muchacho, mirando al cielo, como dando gracias, aunque sabe que su acción está más cercana al infierno, con sus menudos dientes separa cada grano de un racimo.

—Deja algo para madre— apunta a su hermano. Este asiente con la cabeza y los carrillos henchidos.

Tan absortos están en su tarea que no se percatan que alguien les mira. Es un hombre de elegante aspecto,  traje oscuro, rostro redondo y pequeño bigote bajo su nariz. Su mirada delata una mezcla de curiosidad y compasión. Entre su numerosa prole reconoce a alguno de la misma edad que esos pequeños pícaros. Esboza una sonrisa y se rasca la barbilla con sus dedos en los que perviven, entre las uñas, manchas de óleo. “Quien no vio Sevilla no vio maravilla”, piensa. Una ciudad con un cuadro en cada esquina…

Una voz femenina, a lo lejos, le saca de su ensimismamiento:

—Bartolomé, ¿vienes?
 
 (c) Artículo y relato Elena Muñoz. 2018