miércoles, 11 de abril de 2018

Siempre es ahora cuando te pienso, de José Antonio Verdasco (Ediciones Ondina)

Género: poesía . Edición: Ediciones Ondina, marzo,2018. 65 páginas


AHORA Y SIEMPRE


No es fácil escribir un prólogo a un libro, nunca, y menos cuando se trata de un libro de poesía.
Entonces hay que iniciar un viaje casi de espeleólogo, o comenzar una operación de cirujano y abrirse paso, con un  tiento exquisito, entre los versos, para descubrir lo que cada poema nos dice, que a veces puede, o no, coincidir con lo que el poeta quiere significar.

En el caso del poemario que tienes entre tus manos, mi querido lector, el reto para esta editora ha sido grande. No porque haya la menor duda de  la calidad del mismo, sino porque nos presenta tanta cantidad de emociones que apenas deja aliento al comentario.
Siempre es ahora cuando te pienso, la primera obra poética de su autor, el extremeño José Antonio Verdasco, es un canto a la tragedia, al desamor, al lado oscuro y a veces oculto del ser humano, que sufre, se muere y resucita en la agonía de una madrugada.

La primera vez que tuve la oportunidad  de leer algunos de los versos que conforman este libro, sinceramente, me sentí conmovida. Estaban impregnados de esa belleza que nos puede atraer al asomarnos al abismo para contemplar en el fondo lo que hemos perdido, lo que ya no queremos, pero que, sin embargo nos sigue atrayendo, en una especie de fascinación infernal, que nos impide no seguir intentándolo una vez y otra, aunque nos sintamos perdidos e indefensos.

Muchos de los versos que van componiendo la poesía de José Antonio Verdasco son crudos, descarnados, casi sangrantes, pero no por ello exentos de delicadeza.  Contienen en su interior el germen de lo que pudo haber sido, de algo hermoso que no terminó de brotar; o de, por el contrario, de aquello que se marchitó y que compone un conjunto de flores secas de las que todavía podemos percibir su tenue aroma.

El poemario también es un viaje, un viaje duro, lleno de recovecos, de lugares oscuros, de un camino que en ocasiones se transforma en la vereda que tuvo que recorrer Orfeo en su bajada al Hades en busca de su amada esposa, o en aquel que el propio Dante holló para llegar a los nueve círculos infernales y encontrarse en el último con el propio Lucifer.

Todos los poetas, alguna vez, han de vivir su infierno, aunque sea habitando un desierto de besos calcinados, cenizas de un amor sacrificado en su propio altar de olvido. Altar en el que ha construido el poeta su poemario. Porque, aunque sea un libro que respira en muchos momentos dolor, no deja de ser un libro que en cada página desprende pasión, anhelo y esperanza, aunque esta última sea tan tenue como el hilo de plata que asoma por el horizonte un día de invierno.

Para José Antonio Verdasco el pensamiento y el sentimiento permanecen en ese ahora-siempre del título, porque el tiempo y el ser, esos dos titanes devorándose eternamente, no pueden dejar de conformar las dos caras de la moneda de su propia poesía.

Versos duros, pero también valientes. En este poemario el autor no duda, no solo en desnudarse emocionalmente, sino, también, en arrancarse la piel de su poesía para mostrar sus sentimientos sin tapujos, sinceros y netos, como ha de ser en un buen poema: Desangrándome, delirando/busco con frenesí/los abrasados días/del paraíso extinguido.

Termino con la misma reflexión con la que comencé este prólogo. Difícil escribir sobre la poesía ajena, difícil, porque la que tendría que hablar es el alma, que en ocasiones no encuentra la palabra, sino el escalofrío, la lágrima o la sonrisa. Espero haber estado a la altura de los poemas de Siempre es ahora cuando te pienso.

Lean y  disfruten: es la poesía en estado puro.

(Prólogo al libro (c) Elena Muñoz)


viernes, 6 de abril de 2018

LEER UN CUADRO: La muerte de Sardanápalo, de Eugene Delacroix

La mort de Sardanapalo. Óleo sobre lienzo. 1827. Museo del Louvre.


 


El cuadro que contemplamos pertenece al movimiento que en literatura y arte se ha denominado como Romanticismo, que nace como contraposición al racionalismo y espíritu crítico del Neoclásico. El movimiento romántico supone una renovación técnica y de ruptura de las rígidas leyes que los neoclásicos habían aplicado.

Surgen diferentes técnicas (óleo, acuarela, grabado, litografía, etc...). También se valoran las texturas, con pinceladas muy libres y rugosas. Se recupera la potencia del color en detrimento de la línea, liberándose las formas  y los límites definidos, lo que alcanzará su culmen en el Impresionismo. Las composiciones tienden a ser dinámicas, marcadas por la línea curva y la tensión dramática. Se innovan los temas, que se abren al exotismo, al misterio y al glorioso pasado medieval, con preminencia de Grecia y la Edad Media, así como lugares lejanos como el norte de África o la América salvaje, recuperando leyendas, monumentos, ruinas.  Se utilizan elementos fantásticos y los fenómenos atmosféricos. 

Respecto a su visión de la sociedad, el artista romántico defiende la libertad individual y la rebeldía.

En este contexto pinta Eugene Delacroix La muerte de Sardanápalo, obra que en su momento le costó las más duras críticas, y un lustro de ostracismo hasta que  La libertad guiando al pueblo, cuadro pintado con ocasión de la Revolución de 1830 le reconcilió social y comercialmente.

Porque este cuadro retrata un momento considerado como escandaloso. El pintor se inspiró en un poema de Lord Byron, del mismo título, y en una narración del historiador griego Diodoro de Sicilia:

"Para no caer preso del enemigo, hizo instalar en su palacio una gigantesca hoguera en la cuál puso su oro, su plata y todas sus posesiones de monarca; se encerró con sus mujeres y sus eunucos en un espacio habilitado en medio de la hoguera, dejándose así quemar con su gente y su palacio".

La mezcla de erotismo y muerte, que ha incluído esta pintura en el llamado romanticismo negro, busca desatar las pasiones más absolutas, en un marco en el que se mezclan vestimentas, cuentos y fábulas de Oriente. La composición es muy luminosa, con diagonales compositivas que dan movimiento, violencia y dramatismo: unas curvas exageradas, el rojo exacerbado, que transmiten gritos, relinchos de caballos, mientras que el rey, impertérrito contempla la escena antes de beber el veneno que un criado lleva en una bandeja. Delacroix le prestó sus rasgos a Sardanápalo, añadiendo la barba y el brazo musculoso, identificándose de esta manera con este héroe legendario para los románticos.



MEJOR MORIR QUE VIVIR CAUTIVO



Ni los gritos de piedad, ni los dolientes,

hacen al rey cruel arrepentirse,

refugiado en su lecho, sin cohibirse

prefiere la muerte a luchar valiente.



Rodeado de aquello que amó en vida,

sus esclavos, mujeres, sus caballos,

sus tesoros, sus arma, su serrayo,

entrega al fuego, aliado en su partida.



Sacrifica todo lo que es vivo,

que las llamas devoren los placeres,

no quede testigo en los enseres,

mejor morir que caer cautivo.



En su último día lo concibe,

 a sus pies su esclava favorita,

unida a él en triste cuita

Sardanápalo,  rey de Nínive.

Artículo y poema Elena Muñoz//2018


sábado, 10 de marzo de 2018

Leer un cuadro: recuperar a las artistas olvidadas.

"Las mujeres deben de estar desnudas para entrar en un museo". (Guerrilla girls)
 

Las mujeres artistas existen desde que existe el arte, pero hasta el siglo XVI su contribución y presencia en la historiografía  permanece poco visible, por no decir prácicamente invisible. Y hubo de llegar el siglo XIX para que muchas de estas mujeres artistas comenzaran a tener un protagonismo algo más nominativo. Hasta ese momento sus obras se encontraban confinadas en los salones de los museos, sin conocer la identidad de sus obras.

A partir de los años 60 del siglo XX, aparecen en escenas investigadores, la mayoría mujeres, que desarrollan estudios sobre los que se denominó "estudio de género", a cerca de artistas ya olvidadas en nuestros días.

Las estadísticas nos dicen que las artistas presentes en las colecciones de los museos son menos del 5% en relación con las totalidad de autores masculinos. Sin embargo las mujeres protagonizan un número inmenso de obras. Como dato valga el decir que en el Museo del Prado sólo hay expuestas tres obras de una pintora: Sonofisba Anguissola.

Por tanto, recuperar a las artistas olvidadas también es cumplir con la memoria histórica.

En España hubo grandes artistas antes de la Guerra Civil, y muchas de ellas han caído en el olvido. Traemos por eso a cuatro de ellas, que sirvan de ejemplo de todas las demás.

Rosario Weiss Zorrilla (1814-1843). 

Dibujante y litógrafa española. Hacia 1820 pasa a vivir junto con su madre  a la Quinta del Sordo, vivienda del pintor Francisco de Goya, al que acompañará en su exilio a Burdeos. Vuelve, ya formada, a España en 1832 y se vincula a la Academia de San Fernando, llegando a exponer  copias de Murillo, Vicente López y el propio Goya, con lo que se podía ganar la vida.
En 1840 es aceptada como académica de mérito en de San Fernando y nombrada maestra de dibujo de las infantas Isabel (futura Isabel II) y de su hermanas Luisa Fernanda.

Marcelina Poncela Hontoria (1867-1917)

Fue alumna de la Escuela de Bellas artes de Valladolid. También estudió magisterio y dedicó su vida a la enseñanza de arte a los más pequeños. Se especializó en paisajes y bodegones. Como anécdota diremos que fue la madre del dramaturgo Enrique Jardiel Poncela.





Luisa Vidal Puig (1876-1918)

Estuvo muy relacionada con el ambiente odernista de la época. Estuió en París y en Barcelona.
Mujer activa y comprometida socialmente, vivió de la pintura y de las clases particulares que impartía en su taller de la calle de Salmerón, hoy Grande de Gracia, y de sus colaboraciones en revistas. Entró en contacto con todo el grupo de artistas europeos, fugitivos y refugiados de la guerra y establecidos en Cataluña, convirtiéndose en una activa pacifista formando parte del Comité Femenino Pacifista de Cataluña.
Su participación en el mundo artístico se inició en Els Quatre Gats, donde fue la única mujer que expuso.




Helena Sorolla (1895-1975)

Estudió en la Institución libre de enseñanza. Era hija del pintor Joaquín Sorolla. Aunque empezó pintando, como sus hermanos María y Joaquín, aunque luego se decidió por la escultura, llegando en esta materia a una gran calidad. Pero como tantas mujeres, antes y después, sacrificó su vida profesional por el cuidado de su  numerosa familia, a quienes retrató en varias ocasiones. Se puede contemplar su obra en el museo de su padre.









MUJERES PINTORAS



Sus manos están hechas para amasar el pan, para mecer la cuna, para zurcir la ropa.

Sus dedos trenzan el pelo, devanan madejas, separan los granos de la paja.

Sus manos no pueden coger un pincel, como no pueden blandir una espada.

Las mujeres sólo pueden entrar en los museos como Venus divinas rodeadas de espuma, de cisnes, de lluvia de oro, o reflejado su rostro en un espejo.

Las mujeres son  protagonistas de cuadros solo como la Madre del altísimo, como santas mujeres, o como la causante del pecado original.

El Arte es femenino, pero no existe ese género en las páginas de los libros que hacen su historia.

¿Y por qué  esta injusticia?

Las mujeres somos las mayores creadoras, porque de nosotros nace la vida, y la vida es arte en sí misma.

Imaginamos, soñamos y emocionamos. Esas manos que cuidan trazan las líneas con precisión, aplican los colores con soltura y componen la magia de la obra artística.

Así lo hicieron tantas y tantas antes, ahora y lo harán siempre. Mujeres artistas, mujeres .



(c) Artículo y microrrelato Elena Muñoz