martes, 10 de junio de 2014

La tarde que conocí a Benedetti


Fue en el 88, curiosamente un mes de junio por lo que sin recordar el día exacto (pienso que pudo ser el de hoy) mientras paseaba por las fiestas del barrio de Moratalaz entre minis de cerveza y olor a chorizo frito, una pequeña caseta llamó mi atención. Libros expuestos y un hombre afable de bigote cano que bolígrafo en ristre aguardaba un paseante que sin portar el inevitable bocata de panceta se detuviera el tiempo suficiente de poder hablar con él y dedicarle su poemario junto a una sonrisa.
Yo fui la afortunada y la fotografía del libro con mi nombre en la dedicatoria, mi testimonio.

Viento del exilio de Mario Benedetti

Un viento misionero sacude las persianas
no sé qué jueves trae
no sé qué noche lleva
ni siquiera el dialecto que propone

creo reconocer endechas rotas
trocitos de hurras
y batir de palmas
pero todo se mezcla en un aullido
que también puede ser deleite o salmo

el viento bate franjas de aluminio
llega de no sé dónde a no sé dónde
y en ese rumbo enigma soy apenas
una escala precaria y momentánea

no abro hospitalidad
no ofrezco resistencia
simplemente lo escucho
arrinconado
mientras en el recinto vuelan nombres
papeles y cenizas

después se posarán en su baldosa
en su alegre centímetro
en su lástima
ahora vuelan cómo barriletes
como murciélagos como hojas

lo curioso lo absurdo es que a pesar
de que aguardo mensajes y pregones
de todas las memorias y de todos
los puntos cardinales

lo raro lo increíble es que a pesar
de mi desamparada expectativa


no sé qué dice el viento del exilio.


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