miércoles, 4 de noviembre de 2015

Leer un cuadro: Habitación en Arlés de Van Gogh

Corre el año de 1888. Vicent Van Gogh llega a la ciudad de Arlés en donde alquila una vivienda, denominada "la casa amarilla" y que podemos conocer a través de un cuadro homónimo del propio artista . Atrás quedan años de incertidumbre, primero en un trabajo de comercio de arte que le astraga hasta el punto de llegar a decir que es un "fraude";  después como predicador frustrado, hasta terminar, aconsejado por su hermano Theo, matriculándose en la Escuela de Bellas Artes. Así emprende el pintor una carrera que, aunque no duraría mucho, unos diez años, sería tremendamente fructífera: más de novecientos  cuadros, de los que destacamos veintisiete autorretratos y ciento cuarenta y ocho acuarelas. También se conservan mil seiscientos dibujos realizados en este periodo.
 
A través de su producción se puede observar la evolución del pintor holandés, desde unas primeras obras en las que se  encuentra una gran influencia de Millet, pasando por el descubimiento en Amberes de la luminosidad de la paleta de Rubens. En París tomará contacto con los impresionistas, de los que aprenderá  a utilizar en el color el llamado contraste de complementarios, que podemos encontrar en el cuadro de Los girasoles, por ejemplo. También descubre en la "ciudad de la luz" a los pintores japoneses Hokusai, Hirosigo y Utamano, de los que tomará la simplificación de las formas, la sencillez de sus interiores, que compensa la inestabilidad de su perspectiva. Todo este bagaje se transformará en un crisol que dara orígen al estilo de Van Gogh: postimpresionista, expresionista  e, incluso, fauvista.

Es esto último lo que encontramos en el cuadro que estamos comentando, Habitación en Arlés, un óleo sobre lienzo de 72x90 cm, y del que se conservan tres versiones, una en el Museo Van Gogh, el segundo del mismo tamaño, pero con algunas diferencias, se encuentra en el Museo de Chicago; el último, de menor tamaño en el museo D'Orsay de París. 

El primero fue pintado en 1888. En un carta a su hermano Theo, una de las seiscientas cincuenta que se conservan entre ellos, le significa que quiere conseguir resaltar la sencillez de su dormitorio, pues era la propia habitación del pintor, mediante el simbolismo del color. Quiere transmitir la idea de descanso y sueño usando tonos verdosos y azules, además de utilizar tres pares de colores complementarios: rojo-verde, amarillo-violeta, azul- naranja.

Como anédota podemos contar que fué en esa localidad de Arlés donde ocurre el extraño accidente de la oreja, en una época en que otro pintor, Gaugin, convivía con él. Las causas de esa amputación parcial del pabellón auditivo no está clara. Unas versiones hablan de un hecho voluntario, como acto de protesta por la boda de su hermano Theo; otras atribuyen el hecho a una pelea con el propio Gaugin.

Van Gogh muere dos años después de pintar Habitación en Arles, en 1890,  de un tiro en el pecho, que nunca se supo si fue accidental o provocado por si mismo, pues los últimos años del pintor están marcados por sus problemas mentales que le obligan a recluirse voluntariamente en sanatorios mentales, como en el de Saint Remy, en donde llegó a tener dos habitaciones, siendo una de ellas un taller.

La fama de Van Gogh creció después de su muerte, gracias, sobre todo a la esposa de  Theo, su única heredera a la muerte de su marido. A mediados del siglo XX ya se consideraba a Van Gogh cmo uno de los grandes pintores de la Historia del arte, y dos cuadros suyos: Los lirios y Retrato del doctor Gatchet fueron sendos records en dos subastas en Sotheby's.

El dormitorio en Arlés



(Relato)


 
El pintor no sueña en colores, sueña con ellos.  El pintor delira con objetos reducidos a los colores primarios, a los complementarios, solamente, que producen una sensación relajante con ecos orientales, sedantes, como los de la propia naturaleza que los genera, bajo el sol del verano o el blanco de la nieve en el invierno.

Rojo, azul y amarillo; luego naranja, verde y morado. Las líneas solo se convierten en pequeñas murallas que delimitan colores, como fronteras para que no se mezclen y conserven su pureza. Tal y como en las vidrieras de esas magníficas catedrales que se elevan por encima de las miserias de los pecadores.

Soñar no es dormir, y el pintor lo sabe, encerrado entre las cuatro paredes irregulares de ese dormitorio. Describe con sus pinceles una habitación para que acuda el ensueño, aunque a veces el insomnio de sus obsesiones, de su ansiedad o de sus alucinaciones  le impida  salir de un mundo de espirales y curvas que se repite como el círculo vicioso de su angustia por vivir.

Él que abominó del fraude que supone el comercio de la pintura, que como un nuevo Jesús en el templo del Arte, que quiso expulsar a los falsos sacerdotes de la mercadería del color y de la forma, morirá sin saber que, muchos años después su obra será valorada más allá de lo imaginado. El nombre de Van Gogh será símil de genio de la pintura, e, incluso, en un país extranjero a orillas del Mediterráneo unos jóvenes se servirían de su oreja amputada para titular un conjunto musical.

(Comentario y relato por Elena Muñoz)

 





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