miércoles, 3 de febrero de 2016

LEER UN CUADRO: La chiquita piconera de Julio Romero de Torres

Fueron sus cuadros cantados en coplas, sus modelos señaladas como el paradigma de la mujer andaluza.

Julio Romero de Torres nació en Córdoba en 1874, un año antes del regreso de la monarquía a España en la figura de Alfonso XII. Hijo del también pintor Rafael Romero Barros, vivio y desarrolló su obra a caballo de los siglos XIX y XX, bebiendo de las fuentes de los impresionistas, simbolistas y expresionistas, y dejándose influir por movimientos como los prerrafaelitas.

En una España que lloraba la pérdida de sus colonias, protagonizando lo que se ha denominado en los libros de Historia "El Desastre", la aparición de movimientos intelectuales que preconizaban un regeneracionismo que debía llevar a una reflexión que determinara el camino , Romero de Torres se encontró con el apoyo incondicional de alguno de ellos, como fue el caso de Ramón Mª Del Valle Inclán. El escritor vio en las pinturas del cordobés no solo el retrato de la Andalucía típica y tópica, sino un retrato de  decadencia y  erotismo que le subyugaron.

Porque no cabe duda que muchas de las pinturas de Romero de Torres destilan una gran sexualidad latente, tal vez proviniente de la fama de mujeriego que cosechó el pintor. Este es el caso del cuadro que nos ocupa: La chiquita piconera. Se trata de la última obra del artista antes de su muerte, sucedida en mayo de 1930.  Es un óleo y temple sobre lienzo, con unas dimensiones de 100 x 80 centímetros, que muestra al espectador una muchacha sentada en una silla de enea, con un brasero a sus pies en donde arde el picón, el carbón que adjetiva a la protagonista.

No cabe duda que es uno de los cuadros más populares del pintor ya que sirvió de imagen a los billetes de cien pesetas hasta el año 1978. La modelo, María Teresa López, tenía entonces catorce años y se decía que mantuvo una relación sentimental con el pintor- algo que ella negó siempre pero que la acarreó la crítica social de la época-. Romero de Torres ya estaba entonces  muy enfermo de cirrosis, pero  sacó fuerzas de flaqueza para dejarnos esta gran obra. Una escena nocturna, de claroscuros, con Córdoba de telón de fondo, en la que una joven espera para vender sus favores a quien los quiera comprar.

La mirada potente y expectante de la mujer, la composión del cuerpo en una curva sugerente, el hombro desnudo, el pecho insinuante, las piernas ceñidas por las ligas que deja ver la falda remangada,  hace de La chiquita piconera uno de los retratos femeninos más sensuales del arte español.



LA CHIQUITA  PICONERA


Ojos profundos que miran.
Lagos negros que sumergen
en la profunda tristeza   
de aquella  que su cuerpo vende .

Al fondo Córdoba oscura
en  la Ribera y el puente,
donde la noche  su manto
de soledad  se desprende

Su piel de canela  brilla 
como sus medias de seda
bajo la luz  que la envuelve.

Encerrada en este cuadro
está toda Andalucía:
la belleza, la pasión, la pena   
que se transforma en la copla 
de Rafael de León:

“¡Ay, piconera chiquita ¡
esta  carita de cera
a  mí  el  sentío me quita”

(Artículo y copla Elena Muñoz)

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