miércoles, 8 de junio de 2016

Leer un cuadro: La Gran Vía de Antonio López.

 "Una obra nunca se acaba, sino que se llega al límite de las propias posibilidades".

Esta cita del propio Antonio López puede ser la síntesis de su pensamiento pictórico, en la minuciosidad de su pincel y lo exhaustivo y prolongado en el tiempo de la factura de sus cuadros.

Nacido en el pueblo manchego de Tomelloso al inicio del 1936, año de funesto recuerdo para los españoles, es uno de los pintores vivos más reconocidos del panorama español. Su arte no solo es vocacional sino también genético ya que es sobrino de Antonio López Torres, cuyas obras se pueden contemplar en el museo de la patria chica de ambos.

Como tantos pintores no pudo en su momento escapar de la influencia potente de Velázquez, de su admiración por el pintor sevillano, maestro de maestros. En su primera época se le puede encontrar una cierta influencia de Salvador Dalí, sobre todo por el celo en el dibujo y en el realismo. En algunas de sus obras primeras, y dentro de este concepto, se ha querido ver reminiscencias surrealistas.

A mitad de la década de los cincuenta, la pintura de Antonio López ya se va asentando en lo que luego se le ha llamado hiperrealismo, apartándose de la corriente de la abstracción, en la que López tuvo grandes amigos, entre otros Lucio Muñoz.

El Hiperrealismo es una corriente pictórica de raíces norteamericanas, surgida tras el Pop Art. Aunque lo que más llama la atención y se queda en la pupila del espectador es la absoluta copia de la realidad, nuestro ojo nos engaña, porque los pintores hiperrealistas van más allá de lo que la percpeción visual puede captar de la realidad. De ahí el subfijo Hiper. Con una técnica cas "magica" los cuadros se nos convierten en una ventana a un mundo lleno de reflejos, luces, grietas, texturas y perspectivas que difícilmente podemos captar a simple vista.

Nos encontramos en el camino inverso que a finales del siglo XIX y principios del XX hizo la pintura: abandonar el interés por reproducir la realidad, ya que para eso estaba la fotografía. A cambio el arte pictórico ofrecía toda un desestructuración  de la perspectiva y de la forma que dieron lugar a los ismos. Con la aparición del hiperrealismo la pintura recobra y da una vuelta de tuerca a esa realidad.

No cabe duda de que en ese trayecto Antonio López ha tenido un gran protagonismo, que se resume en el cuadro que nos ocupa: La Gran Vía. Una visión de una de las arterias más importantes de la capital de España y de la que López nos ofrece un panorama extraordinario. Pintado de madrugada durante siete años, para captar la avenida sin apenas tráfico, en el que el vacío es un protagonista más, sitúa a los espectadores en una perspectiva casi imposible, a la altura centrimetral del asfalto, en la que la calle se retuerce para perderse en el fondo, mientras que el edificio de la izquierda avanza como un buque insignia sobre los ojos asombrados que lo contemplan.

Dos triángulos, el formado por la señal de la calzada y el hueco del cielo, juegan también con la composición. Y mientras la línea del punto de fuga nos obliga a perdernos hacia la plaza de El Callao, la flecha de la izquierda nos indica la bajada, produciéndo una contradicción visual que da un movimiento máximo a todo el motivo pictórico que de otra manera sería absolutamente estático. La genialidad del pintor huye de este peligro y convierte a esta obra en una delicia para los sentidos, atrapados en la minuciosidad de la pincelada que hace protagonista vivo un paisaje urbano.

LA GRAN VÍA



Silencio. Silencio sonoro que se desprende del lienzo, que avanza hacia nosotros. Silencio rotundo en los breves instantes anteriores en que la gran arteria se inunde de la sangre que alimenta la ciudad, en circulación constante de vehículos y peatones.

El cielo azul madrileño se atisba sobre los tejados.

Nuestros ojos se sitúan en la encrucijada de dos caminos, tal vez de dos destinos.

Es la madrugada  Siete años, bíblico arcano, ha tardado el pintor en reflejar aquello que nos salta a la pupila, que se abre asombrada ante la absoluta realidad  que nos confunde, y nos hace creer que es cierto, que somos nosotros los situados entre la calle Alcalá y la Gran Vía.

La Gran Vía, perpetuada en canciones, en zarzuelas, en la vida y milagros de propios y extraños que recorren todos los días sus aceras, su calzada,  limpia y repleta de oxígeno en el cuadro, en el que nada está dejado al azar.

La Gran Vía, ahora y siempre. La Gran Vía y Antonio López.

Artículo y relato Elena Muñoz



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