miércoles, 24 de agosto de 2016

La destrucción de Pompeya



Tal día como hoy 24 de agosto la ciudad de Pompeya amaneció bajo el sol del verano. Corría el año 79 d.C.Tendida en las faldas del volcán Vesubio, la campiña sureña lucía el verdor de los pinos, de las viñas y la belleza de las flores silvestres.

Pero la tranquilidad duraría poco. A la una de la tarde, mientras que la ciudad continuaba con la rutina del día en la que los niños aprendían a escribir en las escuelas, los panaderos cocían en sus hornos el pan, los esclavos se apresuraban a servir el almuerzo a sus señores, un violento temblor sacudió la ciudad hasta los cimientos.El sol se ocultó y una lluvia de cenizas, piedras y humo cubrió las calles y los edificios.

En medio de una absoluta confusión se intentaba entender que estaba ocurriendo para que su montaña sagrada, hasta ese momento "dormida" y legendaria residencia del dios Baco, se hubiera convertido ese apacible día de agosto en el mismo averno.

Algunos consiguieron huir sin mirar atrás. Pero otros,  por poner a salvo sus bienes o porque ni siquiera tuvieron tiempo de reaccionar, fueron sepultados por las toneladas de cenizas y piedras que sin cesar caían sobre la asolada ciudad. El mar hervía y lanzaba peces muertos a la orilla.

Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y tenues rayos solares  atravesaron la masa de nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se apaciguó, como un dios ahíto de sacrificios humanos, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor, junto con sus habitantes, cuyos cuerpos se convirtieron también en esculturas fúnebres de piedra volcánica y mudos testigos de esta tragedia.

Artículo. Elena Muñoz
Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra.

Más información: http://www.historiayarqueologia.com/profiles/blogs/pompeya-y-herculano
Publicado por Historia y Arqueología® en www.historiayarqueologia.com
Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra.

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Los estragos ocasionados fueron visibles al tercer día, cuando los primeros y pálidos rayos solares comenzaron a rasgar la masa interpuestas en nubes negras. Después de veintiocho horas de erupción, el Vesubio se calmó, dejando a Pompeya sepultada bajo una capa de cenizas y "lapilli" de seis metros de espesor. Herculano, según ya se dijo, yacía oculta en una capa de lava de quince metros de altura, que paulatinamente se endureció, adquiriendo la consistencia de la piedra.

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los panaderos cocían sus panes; los tenderos cerraban sus persianas de madera para almorzar, según la costumbre romana; en el templo de Augusto sudaban los esclavos, que levantaban la estatua del nuevo emperador Tito; un parroquiano de una taberna ponía su dinero sobre el mostrador y los chiquillos de las escuelas pintarrajeaban con tiza sobre las paredes; el inteligente Publius Paquius Proculus estudiaba tranquilamente en un libro de pergaminos, y unas mozas regresaban de la fuente con sus cántaros altos y angostos en los hombros...

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los panaderos cocían sus panes; los tenderos cerraban sus persianas de madera para almorzar, según la costumbre romana; en el templo de Augusto sudaban los esclavos, que levantaban la estatua del nuevo emperador Tito; un parroquiano de una taberna ponía su dinero sobre el mostrador y los chiquillos de las escuelas pintarrajeaban con tiza sobre las paredes; el inteligente Publius Paquius Proculus estudiaba tranquilamente en un libro de pergaminos, y unas mozas regresaban de la fuente con sus cántaros altos y angostos en los hombros...

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